A propósito de una crítica

Las vindicaciones poseen el riesgo de no ser gratas, resultan, casi siempre, molestas fundamentaciones que se ignoran en la maraña de interpretaciones avivadas por las relaciones del momento. Las reivindicaciones, por su parte, tienen otras lecturas, simulan acercar las interpretaciones a formas más cercanas a la justicia; una justicia que se entiende como un modelo parcial de la justicia social o de la divina. Además, explican y contienen las innumerables estrategias que sostienen las argumentaciones y las prácticas locales de retención del valor de un sentido. La crítica trabaja, en la mayoría de los casos, desde la reivindicación: “recupera” un sentido perimido para afirmar otro de valor efectivo –tanto uno como otro pueden estar perimidos, pero el trabajo de la reconstrucción del valor es, siempre, la tarea de la crítica -. Las decadencias pueden, entonces, reivindicarse para sostener un momento de esplendor o un espacio de máxima valoración –otra de las tareas de la crítica es integrar a su discurso el tiempo o el espacio, quizás ambos, pero esto sucede en tan pocas ocasiones que son hallazgos citados y no practicados -.
La escritura de la crítica describe un mapa o una historia de textos que se desentienden de su lectura o de su producción, porque si han sido escritos es porque ya han sido leídos o retomaron el problema donde el vacío era una antecedente y no un entramado de relaciones posibles. Las prácticas lecturales críticas anulan, en un doble movimiento, la interdiscursividad y la intertextualidad –por supuesto, que se hace referencia a la mayoría de los trabajos, no a la totalidad de los trabajos críticos -. La anulación tiene como base la certeza de la lectura: propuesta una hipótesis de lectura o de interpretación no se permite ni la errancia ni la deriva del sentido, forma y contenido primario se encuentran en un punto de afirmación. Las prédicas por situar la lectura en una “mala lectura” se agotan, la “tarea” del crítico es “leer bien” o, por decirlo de otra manera, las lecturas buenas tienen la autoridad de la erudición. Si el crítico ha leído o mirado es porque lo leído o mirado merece ser (re)conocido desde la posición, pocas veces cuestionable, de quien ejerce la autoridad del saber y la expone para ser reconocida y, al mismo tiempo, para guiar el reconocimiento mediado de algo –un libro, una pintura, una película, un etcétera- que se encontraba, hasta ese momento, en las nebulosas del desconocimiento. Toda corriente crítica o grupo o crítico solitario, es justo señalarlo, sueña con hallar su Van Gogh, su Arlt, antes de que el olvido real y aplastante borre sus obras o, lo que es peor, que un grupo rival lo halle primero y lo muestre al mundo. La rivalidad, siempre fundada en estéticas diferentes, aflora por una cuestión temporal y, desde allí, se ubica, si vale la pena, en la historia.
Entonces, ¿por qué la resistencia a la crítica? Propio de un campo artístico -pero no banalicemos la sociología- que, por parte de sus autores, y en una paradoja inexplicable, se ubica en la posición de pretender que sus producciones no sean escuchadas, miradas o leídas. Como si la lectura de quien sabe, el crítico, sólo se despliega desde la impotencia, el resentimiento o la frustración. Quien mira y sabe que mira, sabe qué mira. En la distancia y la aproximación que se da entre la obra y la mirada se juega el juego del arte o, si es necesario quitarle el sentido lúdico por su equívoca relación únicamente con el mundo infantil, se dirime el hacer de las artes. No querer ser interpretado lleva las obras a prácticas para los cercanos (familia, amigos, profesores), pero no estaríamos hablando de artes, sino de terapias, hobbies, pasatiempos. En la mira de la crítica está el arte, aquello que merece ser mirado más allá de la rutinaria limitación de lo doméstico. El arte, entonces, quizás sea eso que podemos mirar como no domesticado, familiar o cotidiano y que nos encuentra y nos obliga a que lo encontremos.
Sergio de Miranda es Lic. en Letras. Docente UNaM, FAyD y FHyCS.





