En La Mira

ISSN 2618-3056

Ratoski en el AEMO: Alegría y fiesta antes de la cuarentena

El último 15 de marzo, el cantante brindó un show privado en el club que los empleados municipales obereños tienen a pocas cuadras de la Avenida Libertad. Hablamos de una de esas tantas fiestas que cada fin de semana animan las sedes sociales misioneras y en donde al menos por un instante las capas medias olvidan la racionalidad del gasto para entregarse al disfrute. Esos ámbitos donde prevalecen acordeones, chamamés, música brasilera, son el hábitat natural de este mítico cantautor de la Misiones céntrica.

Como pasa con otras expresiones de la cultura menos legitimadas, las primeras referencias sobre su música me llegaron a partir de cierta mirada burlona o paternalista. La cultura del trabajador de las chacras y las poblaciones costeras vendría a ser, según esa óptica, menos valiosa y rica estéticamente que lo producido en las zonas urbanas.
Michel De Certeau, en una célebre formula que es referencia en los estudios de este estilo, sugiere que la cultura popular existe allí donde haya un gesto que la suprima (1999): vale decir, allí donde una mirada legitima la condene como menos importante.
Esa idea me acompañó durante el show casi como un trasfondo con el cual procesar la experiencia.

No imagino un mejor comienzo musical para ese momento: escuchar acordeón mambiri (hermosa pieza de Isaco Abitbol que conocí por la versión de Mario Bofil) fue una sorpresa seductora. El acordeón de Ratoski le da a la canción un aire nuevo y la interpretación que se propone es impecable. Lo que sigue, confirma lo que me habían comentado previamente: percusión prolija, guitarras precisas para algunas canciones y pocos samplers agregados, condimentan una propuesta que no descuida lo instrumental.

Alejado del mainstream de la industria cultural, desde un lugar quizás periférico, la alegría dominguera de la propuesta confirma -también- los comentarios que había escuchado sobre sus presentaciones en el Olimpia y el aire que se respira en su rancho de Cerro Azul. Decía una chica en la pista de baile: “no entiendo a la gente que no le gusta bailar”.

Con el correr del show el sertanejo prevalece y se apodera de la tarde: Brasil y su influencia constante en esta parte de la provincia. A comienzos de año, cierto debate sobre la tensión porteño-centrismo/provincias se agitó en las redes sociales por el comentario de la ex Rock and Pop, Elizabeth Vernaci. La locutora, en tono informal, había sugerido que Jujuy prácticamente era Bolivia. Las voces alarmantes, en su habitual hipocresía, eludían una realidad contundente. Lo que Vernaci puso de manifiesto es una afirmación que desde la antropología o la sociología se viene diciendo desde hace mucho tiempo: las expresiones culturales desconocen límites fronterizos.

Las canciones de Ratoski fueron haciéndose conocidas, al menos en mi experiencia personal, a través de la constelación de radios de la zona centro. La radio una vez más, ese medio que tanto interesaba a McLuhan porque nos volvía a conectar con una faceta tribal de la especie… ese medio plebeyo por excelencia, “la cenicienta de los medios” como nos decía hace poco Elena Maidana, en un imperdible seminario que brindó en la Facultad de Humanidades.

Por supuesto, el deseo aparece como motivación, pero desde un lugar alegre y contagioso. Aun para un trasnochado es difícil resistirse a la propuesta y no sumergirse en la pista con los demás. En tiempos donde por momentos se busca domesticarlo o prescribirlo, el ritmo de la música ratoskiana invita a liberar el deseo y vivirlo con alegría. ¿No hay ahí una clave para eludir tanta violencia?

 

Carlos Torres Moraes es Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA).
Redactor en ANCCOM (UBA) y Crónicas de Misiones.

Fotos: Katherine Pamela

El deber ser después del amor según Baumbach

Historia de un matrimonio (Noah Baumbach, 2019) es una de las películas más elogiadas del año pasado. No caben dudas que méritos no le faltan en términos cinematográficos. Y uno de esos méritos tiene que ver con el tratamiento de un tema espinoso: la separación de una pareja, el divorcio legal, la ruptura familiar. Baumbach logra un relato agridulce, pero acentuando más lo dulce, la ternura de los personajes y de las relaciones, muy a contramano de los antecedentes fílmicos que tratan esta temática delicada. En este sentido, se trata de una película políticamente correcta: los personajes no se ven como adversarios, como enemigos; procuran mantenerse dentro de los límites de la cordialidad y no perder de vista que en medio está Henry, su hijo de ocho años. Es una especie de deontología de un matrimonio recién separado: un deber ser del amor después del amor.

Por otro lado, la película es políticamente correcta en otro sentido: adopta una postura feminista que puede ser sutil visto con ojos distraídos pero que deja su huella discursiva a medida que se desarrolla la trama. El momento en el que se explicita la tesis del film es en el potente monólogo de la abogada Norah (Laura Dern) acerca de la Virgen María. En buena medida, el film se construye en torno a ese argumento: la demanda de madres perfectas y la tolerancia de las debilidades masculinas en nuestras sociedades. El argumento responsabiliza a Charlie (Adam Driver) por la ruptura. No sólo ha sido egoísta, sino además infiel. Por ello, Nicole (Scarlett Johansson) decide aceptar una oportunidad laboral en Los Ángeles y la protegen mujeres: su madre (viuda de un hombre que le era infiel), su hermana casada con un hombre que no vemos nunca y su abogada, una mujer “empoderada”(exitosa, divorciada, con hijos y “un novio en Malibú”). En tanto, Charlie acata el nuevo paradigma: se muda de NY a Los Ángeles, acepta que Nicole haya formado otra pareja. Y aún depende de ella para que le ate los cordones.

Sergio Quintana es Profesor y Licenciado en Letras, Magíster en Semiótica Discursiva. Docente investigador UNaM.

Título original: Marriage story
Dirección: Noah Baumbach
Año de estreno: 2019
País de origen: Estados Unidos
Duración del film: 136 minutos
Reparto principal: Scarlett Johanssen, Adam Driver, Laura Dern, Ray Liotta.

Fotografía: Robbie Ryan.
Música: Randy Newman.
Link de tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=pFg0Rk3L9SY

Agridulce pintura allenesca

Alguna vez Tarantino nombró, en un decálogo sobre las películas que a su criterio fueron las más importantes desde 1992, Anything Else de Woody Allen. El filme se estrenó en ese periodo de la obra de Allen en que sus propuestas apenas suponían unas pocas semanas en cartel, en salas periféricas de New York. Momento especifico en que sus frustraciones de taquilla lo llevaron a proyectar ese exitoso desembarco europeo, cuya cumbre fue Midnight in Paris (reseñada en la edición #1).

De los muchos aciertos que esta agridulce comedia dramática ofrece, se destacan la constelación de personajes sobre la que se estructura, con las correspondientes actuaciones que le dan forma. Sorprende en el paso del tiempo, la frescura y complejidad de las interpretaciones de Cristina Ricci y Jason Biggs, máxime si evaluamos los recorridos cinematográficos posteriores en sus carreras. El propio Allen, en un momento intermedio entre su madurez actoral de los ochenta y su posterior repliegue tras las cámaras, deslumbra con un personaje que genera cierto equilibrio en esa densa red de personalidades que agobian al escritor Falk (hay una alusión clara a Faulkner pero también es el típico personaje de esos que siempre se consideró, oficiaban de alter ego del director). En el extremo está Danny de Vito gracioso y sólido a la vez en un rol para nada sencillo.

La película, centrada en la angustia de un personaje ante el declive de su pareja, aprovecha para ofrecer retazos de ciudad que no solo remiten a ese homenaje constante que Allen le hace a New York, sino al concepto de lo urbano en general. La vida en la ciudad, sus escenarios y las personas que la habitan, quienes, conforme avanza el relato, terminan siendo el impulso salvador del neurótico que encabeza la cinta.

Por otro lado, la textura y los colores que vemos todo el tiempo, parecieran sugerir algo que está en buena parte de la filmografía Allenesca: los sinsabores, aún en el mejor de los escenarios. Ahí radica parte de su mensaje contracultural, así como los clichés sobre el psicoanálisis exhiben su lado más discutible.

Carlos Torres Moraes es Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Redactor en ANCCOM (UBA) y Crónicas de Misiones.

Ficha técnica
Título original: Anything Else (Traducida como La vida y todo lo demás)
Dirección: Woody Allen
Año: 2003
País: Estados Unidos
Duración: 108 minutos
Reparto: Christina Ricci, Jason Biggs, Woody Allen, Danny DeVito y Stockard
Channing, Jimmy Fallon.
Dirección de Fotografía: Darius Khondji
Link: https://www.youtube.com/watch?v=wIAuRc7TrrM

He oído que pintas casas…

Alguien describió a Joker como la mejor película del 2019. Es difícil para quien mira cine desde hace medio siglo, años dorados de Hollywood, películas de autor europeas, cine oriental o el que venía desde atrás de la “Cortina de hierro”, conmoverse con un superhéroe carapintada metido con fórceps en una realidad que no encaja ni con talco.

Espectáculo y entretenimiento, también hay derecho a eso, a olvidar el largo día, comer pororó y reírse o distenderse. Pero el cine es otra cosa, es arte, guión y actuación, ritmo, música, fotografía, escenificación, maquillaje, vestuario, y The Irishman (El Irlandés) tiene todo eso.

Aggiornado a una realidad muy diferente a la de “ir al cine” como evento social, Martin Scorsese, director de la vieja guardia, nos regala un film distribuido por Netflix, presentado en escasísimas salas, ninguna de Misiones, para mirar en casa, en la TV o en otros dispositivos como computadoras, tablets o celulares (estos últimos no recomendados por el realizador). Polémica por la plataforma, la falta de rigurosidad histórica, los dichos sobre el “Marvelcine”, los personajes. El producto, más allá de toda distracción, es una clase magistral del séptimo arte, como alguna vez se lo llamó, donde nada falta y nada sobra.
Scorsese nos pasea por una época donde mafia, políticos y sindicatos, construían y destruían poder (50s, 60s, hasta los ¿80s?). Nos muestra quiénes lo ostentan y en qué niveles se mueven, cuán aceitados estaban todos esos mecanismos de acceso y “egreso”, y quién cumplía cada rol, jerarquizado, especializado.
Otra historia de gángsters, otra más del mismo director, no tan contundente como Goodfellas -1990- o Casino -1995-, pero que se apoya en tres actuaciones enormes que conmueven y generan empatía. Capítulo aparte merece Joe Pesci, que abandonó su retiro para recrear a Russ Bufalino, este “entrañable” capo italo-norteamericano.

La vejez, la familia, la conciencia, la lealtad, presentes en un mundo sórdido, plagado de códigos que marcan la diferencia entre la vida y la muerte.
Todo acompañado de una manera impecable por planos, ambientación, rigurosa fotografía, música que va y viene con las décadas, vestuario y peluquería meticulosos, y una apuesta a efectos especiales de maquillaje que imprimen en rostros y cuerpos -pasado, presente y futuro- con cuidadosa propuesta estética.
Mereces una tarde tranquila para ver esta obra de arte, bebida espirituosa, piscolabis, a repantigarse y dejarse llevar por la magia del cine.

Sandra Nicosia es Fotógrafa, Profesional Adjunta de la Carrera de Personal de Apoyo del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Integra el Instituto de Estudios Sociales y Humanos -IESyH- (CONICET/UNaM)

 

Ficha Técnica
Título original: The Irishman
Dirección: Martin Scorsese
Intérpretes: Robert De Niro. Al Pacino. Joe Pesci. Anna Paquin. Harvey Keytel
Duración: 209 minutos
Guión: Steven Zaillian basada en la novela I Heard You Paint Houses de Charles Brandt
Director de Fotografía: Rodrigo Prieto, ASC, AMC
Diseño de Vestuario: Sandy Powell, Christopher Peterson
Jefe de Departamento de maquillaje Nicki Lederman
Jefe de Departamento de peluquería: Tania Rivalow
Productores: Martin Scorsese, Robert De Niro
Distribución: Productions Netflix
Link tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=gZ6Oq9F3ho0