Reseñas en "TAPA"

Ratoski en el AEMO: Alegría y fiesta antes de la cuarentena

El último 15 de marzo, el cantante brindó un show privado en el club que los empleados municipales obereños tienen a pocas cuadras de la Avenida Libertad. Hablamos de una de esas tantas fiestas que cada fin de semana animan las sedes sociales misioneras y en donde al menos por un instante las capas medias olvidan la racionalidad del gasto para entregarse al disfrute. Esos ámbitos donde prevalecen acordeones, chamamés, música brasilera, son el hábitat natural de este mítico cantautor de la Misiones céntrica.

Como pasa con otras expresiones de la cultura menos legitimadas, las primeras referencias sobre su música me llegaron a partir de cierta mirada burlona o paternalista. La cultura del trabajador de las chacras y las poblaciones costeras vendría a ser, según esa óptica, menos valiosa y rica estéticamente que lo producido en las zonas urbanas.
Michel De Certeau, en una célebre formula que es referencia en los estudios de este estilo, sugiere que la cultura popular existe allí donde haya un gesto que la suprima (1999): vale decir, allí donde una mirada legitima la condene como menos importante.
Esa idea me acompañó durante el show casi como un trasfondo con el cual procesar la experiencia.

No imagino un mejor comienzo musical para ese momento: escuchar acordeón mambiri (hermosa pieza de Isaco Abitbol que conocí por la versión de Mario Bofil) fue una sorpresa seductora. El acordeón de Ratoski le da a la canción un aire nuevo y la interpretación que se propone es impecable. Lo que sigue, confirma lo que me habían comentado previamente: percusión prolija, guitarras precisas para algunas canciones y pocos samplers agregados, condimentan una propuesta que no descuida lo instrumental.

Alejado del mainstream de la industria cultural, desde un lugar quizás periférico, la alegría dominguera de la propuesta confirma -también- los comentarios que había escuchado sobre sus presentaciones en el Olimpia y el aire que se respira en su rancho de Cerro Azul. Decía una chica en la pista de baile: “no entiendo a la gente que no le gusta bailar”.

Con el correr del show el sertanejo prevalece y se apodera de la tarde: Brasil y su influencia constante en esta parte de la provincia. A comienzos de año, cierto debate sobre la tensión porteño-centrismo/provincias se agitó en las redes sociales por el comentario de la ex Rock and Pop, Elizabeth Vernaci. La locutora, en tono informal, había sugerido que Jujuy prácticamente era Bolivia. Las voces alarmantes, en su habitual hipocresía, eludían una realidad contundente. Lo que Vernaci puso de manifiesto es una afirmación que desde la antropología o la sociología se viene diciendo desde hace mucho tiempo: las expresiones culturales desconocen límites fronterizos.

Las canciones de Ratoski fueron haciéndose conocidas, al menos en mi experiencia personal, a través de la constelación de radios de la zona centro. La radio una vez más, ese medio que tanto interesaba a McLuhan porque nos volvía a conectar con una faceta tribal de la especie… ese medio plebeyo por excelencia, “la cenicienta de los medios” como nos decía hace poco Elena Maidana, en un imperdible seminario que brindó en la Facultad de Humanidades.

Por supuesto, el deseo aparece como motivación, pero desde un lugar alegre y contagioso. Aun para un trasnochado es difícil resistirse a la propuesta y no sumergirse en la pista con los demás. En tiempos donde por momentos se busca domesticarlo o prescribirlo, el ritmo de la música ratoskiana invita a liberar el deseo y vivirlo con alegría. ¿No hay ahí una clave para eludir tanta violencia?

 

Carlos Torres Moraes es Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA).
Redactor en ANCCOM (UBA) y Crónicas de Misiones.

Fotos: Katherine Pamela

Nº 4 (De la serie “Poemas de la neodictadura fascista”)

Estamos desganados,
ganados,
ovejas,
la sangre del matadero corre a nuestros pies
y olemos flores,
ramos marchitos y podridos
sobre la tumba de la humanidad,
los cuerpos caen silenciosamente
mientras todos miran,
se miran,
en pantallas vacías,
en mentiras armadas para dormir,
para dormir,
para dormir,
anestesiados de espanto,
atados a sus cruces,
a sus suelditos,
a sus matrimonios (in) felices,
a sus fiestas de cartón,
a sus obediencias indebidas,
mientras la bomba invisible de la pobreza
hambrea,
enferma,
mata.

Cuantos Hiroshimas a ignorar,
cuanto genocidio a barrer,
bajo la alfombra del miedo.

Silvia Hedman es docente de Música y expresión corporal. Trabaja en la FAyD-UNaM y en el ISPAO, de Oberá.

Incomprensiones / urgencias…Y yo sin whatsapp…

Decido no usar whatsapp. “¡¡¡¿Por qué ?!!!!”: me preguntan con insistencia familiares, amigos, conocidos, compañeres de luchas. Contesto: deseo gestionar mi propio tiempo por fuera de los mandatos del mercado de la información. ¿Vana ilusión? Tal vez, pero lo intento en pos de un cronotopo sin instantaneidad al palo, más lento, sereno, reflexivo. Sé los costos: corro el riesgo de quedar fuera de la red de grupos sociales que habilita, de lo que allí se dice y sus efectos de sentido. Pero sé también que no es la única red social que la web habilita y que hay otras alternativas para comunicarse.

No uso ese servicio de mensajería instantánea. Y entonces: ¿quedo efectivamente fuera de los grupos a los que pertenezco que sí lo usan y con quienes comparto la vida off line? Ni tanto. Las posibilidades de encuentro no escasean y me sigue gustando charlar en co-presencia, escuchar y ser escuchado mientras degusto manjares; caminar por la calle, leer paredes, seguir huellas de otros, leer libros, ir a recitales, a marchas, participar de asambleas, reuniones, fiestas, dar clases, mirar tele, conectarme a facebook, mandar mail y más. Posibilidades comunicativas no me faltan. Y lo mejor es que no estoy sola en eso.

Antes se decía: “lo que no está en la tele no existe”. Ahora: “lo que no está en las redes no existe”. Sin ánimo de desmentirlo, no dejo de pensar que aún en medio de la centralidad contemporánea de la mediación tecnológica, seguimos siendo cuerpo, seguimos siendo territoriales. Y que es allí –en cuerpos y territorios- donde la violencia expresiva del poder fáctico del presente -capitalista, patriarcal, colonial- se escribe. Allí, la elocuencia de ese poder de alta letalidad queda enunciada con femicidios, juvenicidios, ecocidios. Percibo asimismo que es con cuerpos aliados en la casa, en la calle, en la oficina, en la fábrica como también se resiste y combate a ese poder. Por supuesto que las nuevas luchas no dejan espacio ni tecnologías por conquistar. Valga como ejemplo la ola verde de las feministas que señalan sendas a seguir: luchar en la calle, los medios y la web.

No uso whatsapp y muchos de mis allegados no lo entienden. Pocos me escriben mensajes de textos y esperan impacientes mis respuestas inmediatas, casi simultáneas. Se indignan si no respondo al toque. Los malentendidos se suceden uno tras otro. “¿Por qué no les contesto y ya?” “¿Tengo algo en su contra?” “¿Estoy enojada?” La lógica de esa interlocución dictamina: contestación compulsiva inmediata. El “ahorita mismo” como imperativo categórico. La no instantaneidad de la respuesta desata broncas, indignaciones, furia comunicativa. Las incomprensiones se suceden al ritmo de sobreactuadas urgencias.

Pero igual, desde un uso restringido de las redes digitales y mi relativa desconexión busco asomarme a las complejidades de las redes tecnológicas tratando de comprender sus efectos de sentido en la política, en la sociedad y cultura, en la vida nuestra de todos los días. Pero es mucho lo que se me escapa y no sólo porque hace a lo “surgiente” que también me envuelve y atraviesa dificultándome la distancia y vigilancia analítica indispensable para dar cuenta de lo que (nos) pasa; sino también porque más allá de la declamada transparencia de la “sociedad de la información” advierto con otros que hay mucha opacidad en las redes. Después de todo, la comunicación mediada tecnológicamente tampoco escapa al carácter profundamente estratégico de los procesos sociales de producción de sentido, permanente negociado y en disputa; no queda al margen de lo que el semiólogo italiano Paolo Fabri llama “comunicación en negro”; o sea de los puntos oscuros constitutivos de toda comunicación, de su insoslayable contracara hecha de camuflajes, secretos, mentiras, (de)velamientos, intercepciones, espionajes, agentes dobles… presentes siempre en situaciones de conflicto pero también de negociación.

Claro que también me obstaculiza la comprensión de cómo operan socio-culturalmente las redes digitales el exceso discursivo que hoy como nunca antes vehiculizan medios y redes. Según datos accesibles en la web, en el mundo hay unos 10 zetabytes de información (un zetabyte es un 1 con 21 ceros detrás), que si se ponen en libros se pueden hacer 9.000 pilas que lleguen hasta el sol. Desde 2014 hasta hoy creamos tanta información como desde la prehistoria al 2014. Y la única manera de interpretarlos es con máquinas.

Tantos datos que salen de fuentes plurales, heterogéneas: personales, de transacciones bancarias, del marketing electrónico, de la internet de las cosas, de otras máquinas, de la biométrica… apabullan, confunden, desorientan; hasta tal punto que dificultan ver que lo que está en juego otra vez no es una mera cuestión de cantidad, sino de modalidades estratégicas de recolección, manipulación y uso de la información así como del secreto, la mentira, la vigilancia… ¿Qué fuerzas lo hacen, para qué, por qué?

Frente a todo ello urge indagar acerca de aquello que hoy nos une y separa: ¿los miedos que nos llevan a vigilarnos entre nosotros mientras dejamos de controlar y monitorear la gestión pública de nuestros gobernantes, mientras avanza sin freno la voracidad de los adueñadores de todo?; ¿la indignación efímera y la bronca fugaz frente a atropellos constantes, contra tragedias siempre prevenibles, evitables?, ¿la diversión estereotipada que al llevarnos de excitación en excitación nos ata a la codicia sin fin del capital? ¿Qué nos une, que nos moviliza? ¿No el amor, sino el espanto? Y ¿En qué medida las sensibilidades públicas frente a las injusticias propias y ajenas no emergen también como dolor de superficie, fachada sensible, look sentimental?

Es que medios y redes potencian conexiones al por mayor pero también la “pedagogía de la crueldad”, singular entrenamiento que según Rita Segato conduce a una existencia sin sensibilidad con relación al sufrimiento ajeno, sin empatía, sin compasión, mediante el gozo encapsulado del consumidor, en medio del individualismo productivista y competitivo de sociedades definitivamente ya no vinculares.

Y entonces pregunto: ¿cambia algo de todo eso que yo siga sin whatsapp?

Elena Maidana es Lic. en Letras y Magter en Antropología Social. Docente e investigadora en Comunicación Social. FHyCS.UNaM; en cuestiones vinculadas con: socialidades y culturas juveniles, dimensión semiótico-discursiva de procesos urbanos, comunicación y política, prácticas comunicativas de movimientos y luchas sociales.

Imagen: London Data Streams – experiencia de visualización de datos de redes sociales en tiempo real exhibida en Somerset House. 2016.

De cuando el poder patriarcal se apropió de las consignas feministas

En tiempos de deconstrucción, visibilidad y espacio público para los movimientos feministas, un contexto de campaña local, provinciano y periférico fue el escenario donde la cuestión de quién puede ejercer poder volvió a actualizarse en clave de género. En este sentido, nos referimos puntualmente al estreno de la ley conocida como de paridad de género. Al tiempo que desde el oficialismo de Misiones también sus varones y conductores aplaudieron esta medida para cargos electivos, desde ese mismo lugar se actualizaron miradas hegemónicas y conservadoras respecto del protagonismo de la mujer en lugares de poder en la provincia. El status quo fue restablecido.
En Misiones “las candidatas” pueden aspirar a construir y acumular poder. La ley de paridad las asiste. No obstante, ¿dónde entraría en el esquema actual del partido gobernante la mirada de las mujeres e identidades disidentes más allá de la clase media urbana posadeña, atada a cierto estereotipo sobre cómo participar de la política? ¿Se puede superar en estos espacios la matriz que nos dejó Evita: esposa, leal, obediente, relegada en el ejercicio del poder? ¿Es solo bijouterie, retórica oportunista o efectivamente, los varones de los partidos tradicionales están dispuestos a compartir y construir poder con sus compañeres sin tutelarles o minorizarles? ¿Hay acceso a recursos, territorios, espacios de decisión con mirada crítica y autónoma en la real politik, para los que no sean leales y obedientes?
Además desde el poder efectivo ¿cómo piensan la equidad las mismas funcionarias, legisladoras, militantes, cuando las mujeres cuidadoras del ministerio de Desarrollo Social son las peores remuneradas de la provincia? ¿Sólo hay espacio para seguir dando respuestas con dispositivos que policializan la violencia de género? ¿Se puede pensar en atender la problemática fortaleciendo los organismos de prevención con contención eficiente? A les profesionales encargades les resulta casi imposible lograr condiciones de trabajo y atención dignas.
Hacer política y ser mujer en ciertas estructuras, nomás actualizan la idea que las mujeres, por ser mujeres, traen consigo el tutelaje de un varón: ¿Un padre, compañero, primo, padrino? Asimismo, trae atada la idea que si vas con el partido oficialista y dominante no es posible ejercer el poder más que desde la construcción de fidelidades y la obediencia. Horizontal y vertical. La cultura política  local y su caudillismo alinea y disciplina por doquier.
Recordemos como ejemplo que en marzo pasado tomó estado público la nota del Superior Tribunal de Justicia integrado por mujeres y varones donde se quejan al Poder Ejecutivo de la titular del Ministerio de Derechos Humanos por su intervención en procesos de desalojos de sectores populares. Un modo particular de actualizar a las mujeres funcionarias que la relativa autonomía y los criterios propios no son habituales en esta gestión. También de recordarles que el techo de cristal existe. Y que en Misiones tiene historia. ¿Pudo acaso ocupar un lugar ejecutivo Mercedes Oviedo, aún con bases propias y acceso a recursos en el PJ? ¿Y Mabel Marelli o Gloria Llamosas dentro de la UCR?
Una vez más queda planteado que solo con ley de paridad de género no alcanza y que con la sola presencia de mujeres en todos los espacios no se avanza en políticas públicas que efectivamente atiendan y transformen su situación estructural de subordinación y precarización en materia salarial y simbólica, en zonas urbanas y rurales.
La historia nos recuerda que nada nos será regalado y que ahí están las calles que también son nuestras y que las habitamos como recordatorio de que hay otras formas de ejercer la política, el poder y la representatividad. Allí estamos y el 3 de junio un día después de las elecciones, con #Ni una menos, las mujeres marchamos nuevamente. Allí, fue notoria la ausencia de mujeres funcionarias y candidatas del partido gobernante. A veces la resaca electoral también nos sirve para mirar el horizonte y volver a apostar porque “otra política y ejercicio del poder” son posibles.

 

Marina Casales es Periodista. Lic. en Comunicación Social. Docente-Investigadora, UNaM