Reseñas en "MISCELÁNEAS"

Sobre la posibilidad y la necesidad de una educación artística

Si todo es arte, nada es arte, entonces: ¿qué es arte?¿para qué hacemos arte? ¿qué nos produce el arte?¿se puede enseñar y aprender? ¿es necesario?

Sobre estas cuestiones reflexiono, discuto, estudio y enseño hace muchos años, es un hecho que no hay una sola verdad acerca de ello, pero también lo es que para tener políticas claras con respecto a la educación artística tenemos que pararnos desde alguna postura. Considero que el disfrute de una experiencia estética y la posibilidad de manifestar nuestra visión del mundo a través del arte es algo que se aprende, y por lo tanto se puede y se debe enseñar. Me parece al menos superficial, sino peligrosa, una mirada que ponga a toda manifestación estética en el mismo lugar, pero también aquella que reserva a una élite privilegiada la posibilidad de acceder a la fruición y/o producción del arte.
Si el arte es un tipo de conocimiento humano, al igual que lo es la ciencia, una forma de entender, conocer y hacer el mundo, entonces deberíamos poder definir sus límites, considerar sus reglas, comprender su funcionamiento, aunque más no sea para expandir, romper, ampliar, que de eso se trata…
Entonces ¿de dónde partimos? ¿con qué realidad contamos? Podemos hacerlo desde la posición de suponer que para que el arte exista son imprescindibles tres condiciones: un artista creador, una obra perceptible, un espectador/ receptor/ fruidor.
Si nos concentramos en la obra, lo material que aparece ante nuestros sentidos, lo palpable, audible, visible, tenemos que preguntarnos ¿cuándo es arte? Cuando funciona como arte, dirían algunes autores, pero eso, ¿qué significa? A nivel individual considero que cuando nos conmueve, nos emociona, nos despierta, nos moviliza, nos sacude, nos saca de lo cotidiano, amplía y profundiza nuestro conocimiento sobre el mundo y sobre nosotros mismos, nos genera más preguntas que respuestas, nos dispara infinitas remisiones, nos permite experimentar otras vidas, otros sueños, otras realidades, sin riesgos, y a la vez nos refleja, nos da algo nuevo y al mismo tiempo algo eterno, a lo que siempre deseamos volver, a lo que volvemos cada vez diferentes, eso que “insta al receptor a avanzar en la ruta del deseo”, en palabras de Marta Zátonyi.
Pero el arte también es una herramienta comunicativa, y como tal funciona como elemento generador de cohesión social, de comunidad, de pertenencia, de transmisión de conocimientos e historia, y a la vez puede develar (y hasta disparar) procesos de ruptura, de cambio, de transformación social; es un territorio de disputa entre el poder hegemónico y la disidencia transgresora, es también un medio que nos conecta con el inconsciente colectivo subyacente en cada época.

¿Y qué debe tener una obra para lograrlo? ¿Cómo sabemos que lo que estamos percibiendo es arte? Algunos indicios serían: lo auténtico antes que lo impostado, lo verosímil antes que lo verdadero, la metáfora antes que lo literal, lo sorpresivo antes que lo obvio, lo original antes que la copia, nuevas relaciones antes que las ya sabidas, varias capas de significado, la unidad con variedad, la repetición con diferencias, una totalidad equilibrada y movediza, un caos organizado, un orden caótico ….

¿Y le artista? ¿quién es, qué hace, cuál es su rol, qué lo hace artista? Trabaja con lo material desde una idea, es decir que transforma lo inmaterial en material, hace visible lo invisible, ordena el caos, refleja el mundo pasándolo por su interioridad, y lo transforma. Para eso debe conocer las reglas del lenguaje o disciplina con que elige hacer su obra, para seguirlas o para romperlas y hacer otras, y eso se adquiere, se aprende, siempre con otres, de manera informal o formal, sistemática o asistemática, pero siempre se aprende. Saber qué se hizo antes, para no repetir, qué se está haciendo ahora en el campo del arte, tanto en su lenguaje/disciplina, como en otros, conocer qué pasa en otros campos, qué conocimientos nuevos hay, qué fluye en el inconsciente colectivo de su época. Salir de su ombligo, mirar al mundo, absorberlo, digerirlo, vomitarlo si es necesario, empatizar, enajenarse, pasar todo por el cuerpo, el pensamiento y la emoción, decidir qué quiere poner en la obra, cómo, qué necesita decir, cómo, luchar con eso, fracasar, volver a intentar, hasta decir “es esto”.

“Sólo cuando abstraes todo cuanto sabes acerca de la vida, y lo ordenas como una proposición que ilumina estructuras significantes, tienes a la vez lo bello y lo permanente” Samuel Delany.

Eso no significa que todes tenemos que ser artistas para expresarnos a través de los lenguajes artísticos, pero en menor escala son las herramientas que podemos acercar a les estudiantes: conocimiento y experimentación con elementos, técnicas, materiales y posibilidades del lenguaje/disciplina, análisis de obras de distintas épocas y relación con el contexto, comprensión de qué, cuando, para qué y cómo es el arte, su vinculación con los demás lenguajes/disciplinas artísticas y todo el resto del conocimiento humano… el qué decir lo van a encontrar solos.

¿Y si solo queremos disfrutar del arte, ser fruidores? Entonces también hay un aprendizaje, desde la empiria de frecuentar muchas obras de todo tipo, género y procedencia, sin prejuicios, de comprender las diversas funciones que tiene el arte y decidir, desde el conocimiento, para qué las abordo, qué necesito en cada abordaje. No hay nada de malo en el goce instantáneo de una canción pegadiza, o la emoción envasada en una peli de acción, o las lágrimas esperadas de una novela romántica, siempre que no sea nuestro alimento cotidiano, que nos quedemos en eso, que nunca nos acerquen a la posibilidad que nos da el arte de una experiencia transformadora, brutal a veces, pero siempre profunda y movilizadora. No es lo mismo cualquier obra, así como no es lo mismo un fruidor sin expectativas, es necesario que confluyan varios factores para que la experiencia artística sea significativa, y eso es algo que se puede educar, sin prejuicios, sin elitismos, sin mezquindades y con inmensa pasión.
Considero relevante que esta educación incluya discusiones sobre la determinante influencia del mercado, la prevalencia del patriarcado heteronormativo, la predominancia de regímenes estéticos, la relación del arte con la política, la intervención del estado, las mismas tensiones dentro del campo del arte, ya que esto nos lleva a reflexionar acerca del poder que tiene sobre nosotres las obras que fruimos, en nuestra manera de estar, ser, comprender y hacer.
Ninguna de estas premisas es mía, no son más que un resumen de lecturas, de varies autorxs, con quienes coincido después haber experimentado como docente de arte, como fruidora de todo tipo de expresiones artísticas y como artista. Pretendo que sean un punto de partida para la discusión acerca de las implicancias de la educación artística como herramienta de transformación personal y social, de salud mental, de crecimiento, de comunicación y de expresión.
Estoy convencida que el arte es una parte vital de la existencia, no entiendo una educación completa que no lo ponga al mismo nivel que los demás campos del conocimiento humano, considero que es una de las grandes falencias del sistema educativo en la mayor parte del mundo, una deuda a saldar con urgencia.

Silvia Hedman es Profesora de Música, docente jubilada, poeta.

Crónica de una odisea pandémica re contra anunciada. Parte II

ADVERTENCIA AL/LA LECTOR/A: Esta crónica será tan larga como el viaje que describe y está basada en hechos reales. Aquí, la segunda parte, la pequeña odisea, más larga que la primera.

Partida. Viernes 31 de julio, 8:30hs, hora local CABA. Se movilizaba el bus, rumbo al primer destino. 26 pasajeros con deseos de que las horas se adelanten, pero sabíamos en lo profundo que el viaje tomaría un tiempo considerable. Otra vez, la ciudad desierta. Apenas movimiento se visibilizaba en las autopistas porteñas del viernes en hora pico cuando miles de vehículos intentan entrar en la capital. Esta vez, el panorama se mostraba diferente. Le avisé a mi amiga V. que no me traiga lo encomendado. Ya me iba.

Destino: Misiones. 12:40HS. Límite provincial. Los casi 300 km que distan entre CABA y Rosario fueron largos, más de lo normal. Cuando el bus no tomó la ruta 12 en Zárate y siguió por la R9, confirmé la sospecha. Entrando a la provincia de Santa Fe nos detienen para el primer control sanitario. Test de temperaturas, de nuevo -ya era como el quinto que nos hacían en la semana-, y esta vez, el de olfato. Se nos proporcionaba un hisopo de algodón embebido en algún líquido o sustancia que debíamos identificar: dulce, ácido, agrio. Como si del gusto se tratara, pero con la nariz. Así lo describía la señora -no muy amable con algunxs pasajerxs- que nos daba el palillo “exonerable”. Recuerdo el destrato recibido por un pibe de 18 años sentado detrás de mí. La edad la sé gracias al maltrato de la tipa. No sólo le gritó reiteradas veces, sino que intentó humillarlo por ser “joven”. Todxs la miramos perplejos, pero la doña no se inmutó al castigo visual del resto. Me tocaba. “Ácido”, le dije con su misma amargura. “Muy bien”, respondió y avanzó. Olía a amoníaco de hecho, o al menos a mí me remitió a las tinturas que suelo utilizar cada mes para mi roja cabellera. Ah, las reminiscencias de los olores experimentados y hartos conocidos.

13:15hs. Todes aprobamos la prueba, por suerte. Era hora de seguir, aunque no sin el amargo sabor de que cada control podría ser pesado y de corte autoritario como el reciente. Sin necesidad de serlo, claramente, pero lamentablemente real. Pensé inmediatamente en una charla que habíamos mantenido con L. y en otra mantenida con R. en nuestro último encuentro. Esa sensación de seguridad que ya no estaría al volver a Latinoamérica. No nos referíamos al hecho de la inseguridad en sí, sino a la sensación. La yuta que te da más miedo que una impresión de protección. Nuestra realidad. La cotidiana. Las “autoridades/fuerzas” que no nos genera confianza. Había que concientizarse de nuevo y adaptarse al contexto. Al nuestro, malo conocido.

14:05hs. Entrada a la ciudad. Reconocí el trayecto de esas calles. Había estado exactamente un año antes allí tramitando la visa española. Pero ahora, sólo veía desolación en parques, plazas y calles. Muy poco tránsito vehicular y ningún peatón en ellas. Llegábamos a Rosario -recién-. La Terminal de Ómnibus, cerrada. Se parecía mucho a esas terminales de trenes abandonadas. Sin movimiento. El gobierno de la ciudad mantenía estrictos controles de entrada allí. Al estacionar el bus, sólo podían descender quiénes allí se quedaban. Luego, otra vez todxs les pasajerxs restantes, debíamos bajar para un nuevo test de temperatura. Obviamente, les vicioses aprovechamos para salir antes a fumar. Las miradas policiales, otra vez, amenazantes… como si fuera nuestra culpa estar en aquella situación de tránsito. Sonreí irónicamente. Ni era culpa nuestra ni de elles, y le resté importancia a su desconfianza. El sentimiento era mutuo.

No había nada abierto. Locales cerrados. Terminal vacía. Aquellxs que habían llegado a las 3am en el vuelo de AA, empezaban a inquietarse. No habían cenado como tal. En el vuelo les habían dado unos míseros bizcochos y café, luego de hacer escala en España y proviniendo de Miami. Ese sí que era un viaje largo y agotador. El santafesino que se sentó delante de mí necesitaba azúcar. Encontró en el bus unos sobrecitos de café instantáneo y azúcar. Le volvió el color a la cara. Qué garrón, pensé. Esto va a estar complicado. Con toda la tensión, ni recordaba que había en mi cartera un par de frutas. Le consulté al chofer y me dijo que aguantemos hasta Santa Fe, quizás allí encontrábamos algo. Nos habían subido a un bus de larga distancia, que recorrería en ruta más de 1000km, en más de 20 horas de trayecto, y tenían prohibido detenerse en estaciones de servicio o comedores. Me ratifiqué a mí misma, esto iba a estar complicado. Partimos. Chau Rosario, si todo esto se calma, en un año vuelvo por mi título, deseé.

16:30hs. Nuevo destino: ciudad de Santa Fe. Con una bienvenida un poco más amable y relajada que en Rosario, el personal en la Terminal de Santa Fe nos informaba que no había ningún local abierto, pero nos dejaban que una de las chicas de Corrientes se cruce la calle a comprar comida al kiosko de enfrente. ¡Genial! Todas le dimos la plata que teníamos para adquirir algo, “lo que sea que haya”, la frase más repetida. Agua tomábamos del bus. Aunque de dudosa procedencia, no sabía mal y también ofrecía agua caliente. Bien por los materos y gracias al pibe que descubrió el café. Yo tenía en la mochila sobres de té, además de los de valeriana. Zafé. Se compró todos los sándwiches de local la piba. ¡Buenísimo!… nos tocó dos a cada unx. Almuerzo y cena. Con eso, tirábamos. Seguía sin recordar mis frutas. Ya que no había abierto la cartera, porque mi billetera estaba en la mochila, ni me acordé. Nos fuimos, pero esta vez, agradecidxs con la oficial que nos permitió cruzar la calle.

17:10hs. La distancia entre ciudad de Santa Fe y Paraná, Entre Ríos, es de 28,5km. Deberíamos hacerla en 30-40 minutos como mucho. Pues bien, apenas el bus entró en jurisdicción entrerriana, la gendarmería nos retuvo 40 minutos exigiéndole papeles y no sé qué más a los choferes. Uno de ellos, por suerte, llamó inmediatamente al Ministerio de Transporte y pidió por favor que se dé aviso del destino del bus y su finalidad. De lo contrario, estaríamos todavía lidiando con las autoridades locales… Afuera, el calor de 32 grados que habíamos vivenciado en Santa Fe se iba apaciguando. Invierno litoraleño -ja-, sólo quienes vivimos en él lo entenderemos. Una vez que recibieron la “autorización” nacional, una camioneta de Gendarmería “escoltó” al vehículo hasta la terminal de buses. Como si alguien se bajara en el medio de la ruta, ¡Sr! ¡Por favor! Me pareció ridículo y hasta tomé fotos del móvil, pero salieron horribles y movidas -fiel a mi incapacidad de hacer fotos, ja-.

18:05hs. Terminal de Paraná. Un kiosco abierto, pero nadie en ella circulando. Una comitiva de Gendarmería, Policía y Sanidad esperaban a los dos pasajeros que allí quedaban. Sólo quedábamos 14 pasajerxs a bordo. La señora de sanidad, muy amable, se ofreció a comprarnos cosas en el kiosco, ya que aquí no podíamos descender “bajo ningún concepto”, había dicho el gendarme. Ni siquiera al baño -a uno más higiénico, ponéle-. Pensé en los miembros de algunas fuerzas -mi viejo fue prefecturiano-… en cómo determinadas circunstancias habilitantes, exacerban el carácter facho que llevan bien adentro. Mantenía la calma, porque sabía que no podían en realidad hacernos nada, pero “coraje”, como dice mi buen amigo mexicano R. cuando describe el disgusto o la rabia, ese sí sentí por un momento.

18:40hs. Eran un poco más de ocho horas y 592km los que nos separaban de próximo destino. Corrientes, ciudad capital. Me venció el viaje. Me dormí profundamente hasta llegar a la provincia. Eran casi las 23hs. Ya llevaba casi seis días en esta odisea pandémica re contra anunciada que no había querido asumir antes de volver. Unx siempre trata de convencerse de lo contrario, porque las ansias son mayores… pero no, la realidad era la espera, la paciencia y la diplomacia en todo momento. Diplomacia, ja, si la habré aprendido este año. En Esquina, la policía provincial exigía a lxs pasajerxs que llegaban a su destino, la “autorización” para entrar a su provincia. “¿La qué?”, exclamaron lxs siete correntinas/os. ¡Ay Corrientes, país aparte!

Otra vez el chofer llamando a Nación. Obviamente no hubo respuesta a esa hora. Lo bueno del caso, es que la charla fue convincente y el comisario habilitó la entrada del bus. Mientras registraban todos y cada uno de los dni de les residentes provinciales, me bajé a fumar. Era la última viciosa del bus. Un cabo -cuyo apellido no diré- me dijo que no podía descender, pero aplicando mi nueva “diplomacia” y hablando el lenguaje bien aprendido de mi familia correntina, me hice entender sin problemas, saliéndome con la mía. Terminamos a las risas con el cabo. Ay, esas cosas que nos da el origen y del cual, muchas veces, renegamos. Gracias viejo por educarme a lo chamamé, lo añoré. Esta era “su” tierra. Seguimos ruta.. aún quedaba un largo tramo. Me volví a dormir profundamente. El jet lag se empezaba a sentir, ya eran como las 5am en Valladolid y mi cuerpo me lo indicaba.

03:00hs, Corrientes, capital. Les habían indicado a los choferes que lxs pasajeros se bajaban en el hotel Milenio -creo que ese era el nombre-. Una de las chicas, local viene a sentarse a mi lado, en el primer asiento, “para ver a mi ciudad”, -me dijo. Sentí en esa voz la emoción de la llegada a casa. La observé. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero las contuvo. Me emocioné secretamente yo también. Estaba cerca y también lo sentía. Disimulé y me levanté a hacerme un té, esta vez de valeriana. Sabía que bajaría a fumar mientras descargaban las valijas. A medida se iban cada una de las chicas y el chico, nos deseamos suerte y éxitos en lo que vendrá. Estaba a cinco horas de mi destino. Quería ver ese cartel como nunca. Ya llegaba…. Faltaba poco. El tecito haría lo suyo para calmar mis ansias. Y así fue. Me dormí otra vez.

07:10hs. Ituzaingó. Abro los ojos en una estación de servicio. El bus cargaba combustible y por la hora, calculé que estábamos en Ituzaingó. Efectivamente. En algún momento de la noche, me habían despertado las luces de Itatí, pero seguí durmiendo. Lo recordé ahora y pensé en A. mi hermano y M. mi cuñada. Ambos devotos a la Virgen, aunque respetan mi agnosticismo y el ateísmo de K. mi sobrino. Recordé uno de los últimos audios: un asado me esperaba luego de todo el trajín pandémico. Eso, y el hambre que ya tenía, me hizo recordar el sándwich que me quedaba. Lo busqué en la cartera, y ¿adivinen qué encontré? ¡¡Las frutas!! Era hora de comerlas. El desayuno. También me comí el sándwich. Panza llena, corazón contento y euforia a la décima potencia, aunque contenida. Ya estaba. Faltaba sólo una hora. Disfruté el amanecer, ese que tantas veces observé al regresar a casa desde la ruta 14, pero ahora en la 12. Visualicé la tierra colorada y me agité. Conocía este lugar, era mi tierra. Mi tan anhelada tierra colorada.

8:40hs. El arco. El de mi triunfo, pensé. La realidad, despertarse. La policía dispuso inmediatamente, y sin mediar bienvenidas, que bajemos de a dos personas para registrarnos en las carpas habilitadas de sanidad, pero antes debíamos pasar por la fumigación personal. Sí, así como a los camiones, pero para las personas. Bañada de bienvenida, me reí. Nos tomaron los datos y dijeron que no podíamos esperar al laboratorio allí para que nos hagan los benditos hisopados, cuyos costos ascienden a $5.300.- por cabeza. Nos mandaron a las cabañas de un reconocido club de fútbol en Santa Inés. Aunque algunxs pasajeros, preferirían quedarse en el arco, yo votaba por llegar a un baño “como la gente” y opté por no pasar 12 horas de espera en la ruta. Llegó una madre de las pasajeras, médica de profesión, y no hubo flexibilidad tampoco. Decisión del gobierno provincial. A las cabañas, dijeron. De todas maneras, los choferes se dirigían allí donde descansarían luego de 25 horas de viaje ininterrumpido, por así decirlo, para retomar viaje a las 21hs rumbo a Buenos Aires, de nuevo.

9:30hs. Llegamos al lugar. Nos explican la situación. El laboratorio vendría a hacernos el examen allí. Debíamos esperar en el predio y sólo podríamos salir una vez tengamos el resultado. Creo que son pocas las ocasiones en que siempre -o casi- deseamos que los resultados de una prueba médica sean negativos. Éste era el caso, sin dudas el de todes. Nos dirigieron hacia cada cabaña. Éramos siete. Nos asignaron tres cabañas para una pareja joven, padre e hijo y tres chicas. Con P. y A. nos hicimos el aguante. Nos traerían la comida al mediodía recién, 12:30 pasadas dijo la oficial. La mamá de A. le trajo café en un termito, chipitas y facturas. Sólo debíamos esperar al personal del laboratorio. Pasaba el tiempo y sin noticias. La señal, malísima. Las cabañas, cuasi abandonadas. Ya había una familia en una de ellas y un hombre solitario en otra. Lo que no nos habían informado es que estaban haciendo cuarentena por haber tenido resultados positivos en sus test. Eso, lo supimos luego.

11:30hs. Nada. Sin noticias. Nos comunicamos con la mamá de P. llamaron al laboratorio e informaron que nos habían trasladado allí. Ellos no lo sabían. Nadie les había dicho nada cuando fueron al arco. Estaban en Centinela, la volver, pasarían a realizarnos las pruebas. D. me realiza la transacción de pago. Pendiente siempre de mi situación junto con A. sabían que deseaba mi patio más que nada, y estaba cerca. Apoyo incondicional sentí. Estaba agradecida. A las 13:15hs decido bañarme. Necesitaba una ducha urgente. La humedad brotaba de las paredes de la cabaña. No la extrañé. No nos daban toallas, porque no era higiénico, nos dijeron. Ok. Saco las de mis valijas. Ya fue. Me gritan las chicas desde afuera “Llegaron los del laboratorio”. “Me visto y voy”, les contesté. Entre chistes y nervios, pegué onda con el personal. El famoso hisopado. ¿La sensación? Como cuando tragas agua en una pileta. No fue para tanto. Listo, ahora esperar hasta las 21hs. Chocha. Ya estaba hecho.

13:30hs. Mientras nos hacían el examen, nos dejaron la comida. Luego del almuerzo, intentamos dormir la siesta. Era imposible dormir en el lugar. Insalubre e impensado para recuperarse del COVID-19 en ese lugar y, sin embargo, allí había gente haciéndolo. Mal. El joven de la pareja se indignó, sacó fotos y las mandó al Ministerio de Salud Pública. No lo supimos hasta avanzada la tardecita. Nos sentamos en el pasto a tomar sol, ya bañadas todas, y a charlar. Conjeturábamos las historias más disparatadas sobre padre e hijo… eran raros. No tenían celular ni correo electrónico, entonces todos los resultados llegarían al mío. Incluyendo el de P. que no tenía chip argentino aún. Yo siempre guardo el mío para volver, por suerte. Nos contamos qué hicimos este último año. Nos reímos de la situación -más por nervios e incertidumbre que por chiste- y nos alentamos a seguir soñando. Esas breves charlas de patio con dos no tan desconocidas nos ayudaron a pasar el tiempo y disfrutar la tarde. Para las 20 horas nos agarró la ansiedad con todo. Prendí la tele, para hacer ruido, y me dispuse a limpiar. Nueva maña que agarré en España para matar mis ansias. Para mí, esa noche me iba o me iba.

20:30hs. Corta la bocha. Mandamos mensajes pidiendo los resultados al laboratorio. A la primera que le llegó fue a A, cerca de las 20:45hs. 10 minutos después el de padre e hijo, luego el mío y finalmente el de P. Todos negativos. Festejamos, obvio. Eso significaba irse a casa. La pareja tenía contacto con el laboratorio y ya tenían sus resultados. A. fue a buscar el auto, que el padre le había dejado afuera, y vuelve furiosa. “¿Qué pasó?”, exclamamos con P. El sereno, la destrató porque habían recibido una llamada-reto del Ministerio de Salud donde explicaban que las fotos recibidas indicaban la mala calidad de las cabañas y la situación de las mismas en cuanto a Higiene y Salud. Y la verdad es que no se había dicho nada que no sea cierto, pero no había sido A., sino el joven de la otra cabaña. En fin, entre puteadas y demás, se acerca el chico a contarnos que él lo hizo y nos pasó el contacto de la licenciada encargada de darnos el alta. A esta altura mi diplomacia estaba on fire. Trato de calmar a las chicas. Me comunico con esta persona, le informo los resultados y nos autoriza a irnos. Le informo asimismo al policía encargado y a él también le dan aviso de lo mismo. Podíamos irnos. Ya está. Malestares innecesarios. El ilusorio poder de ciertos personajes provinciales tratando de operar donde no tienen cabida ni legalidad. Y todo lo demás, tapado, como siempre sucede en nuestro feudo provincial. Me quiero ir, ya conozco esta historia, una más de las irresponsabilidades ocultas para luego jactarse de que hacen las cosas “bien”, ponéle. Me busca D. y emprendemos el camino a casa.

23:30hs. Destino final: Oberá. La que brilla. Llegada a casa gracias a la generosidad de D. no podía creerlo. Todo había sucedido en tan sólo seis días. Tan sólo seis, pero que parecieron más de un mes… La euforia aún estaba en mi cuerpo. La nariz ya estaba re paspada. La espalda seguía en tensión. No empezaría a relajarme hasta el otro día. Pero estaba en casa, sana y salva.

11:0hs. Domingo, sol, patio. Mando el videíto a los amigues del Máster que querían saber cómo era el tan deseado patio.  Coincidieron conmigo. Es algo especial. El tan anhelado patio de casa me recibió como si nunca lo hubiese dejado. Siempre me resistí a usar la palabra hogar, primero porque yo no lo consideraba un lugar físico, y segundo, porque la palabra remite al espacio -que puede ser heterotópico también y no necesariamente físico- donde la calma y la seguridad se hacen latentes. Hay una canción de U2 que me identifica mucho y dice: “Hogar… difícil saber qué es cuando no has tenido uno”. Para mi suerte, luego de andar girando por el mundo, mi mirada amplía mis propias concepciones. Hoy, en la locura global que estamos viviendo, mi posibilidad de existencia situada se ancla en la pequeña parcela de pasto y plantas que me rodean. Ese lugar que sólo conocemos quienes identificamos un pequeño rincón del mundo como nuestro. Ese que sabe nuestros secretos, meditaciones y silencios. El que me da cobijo y serenidad, mi patio, ergo, mi hogar.

Val, una misionera que llegó a casa, sana y salva.

Crónica de una odisea pandémica re contra anunciada. Parte I

ADVERTENCIA AL/LA LECTOR/A: Esta crónica será tan larga como el viaje que describe y está basada en hechos reales. Aquí, la primera parte, la buena digamos.

Salida: lunes 27 de julio, 14:30hs hora pucelana.
14 días había esperado el momento de la partida. Nada me hacía tanta ilusión como volver a casa. Volver al patio, mi patio, mi rinconcito verde…. Lo que desconocía -ingenuamente- era que el tan anhelado regreso se extendería algo más de lo pensado.
Llegada a Madrid, T4 Aeropuerto Barajas, a las 17:20hs local, me disponía a pasar la noche en el hotel instalado en su primera planta. Sí, por suerte hay hotel dentro de la misma terminal, por una no tan modesta suma en dólares… Descansar, despedirme a mi manera, abandonar el país que me regaló once meses de distancia necesaria. Dejar mis mejores deseos para todes aquellxs amigues nuevxs que hice en el Máster y en Valladolid.
Quería fumar… uff que bardo… cada vez que salía del aeropuerto debía -para volver a entrar- presentar pasaporte y pasaje, más la llave del hotel. Los controles rigurosos se acompañaban del denso calor que afuera hacía. El verano se empezaba a notar en su punto más sofocante en España. Me iba a tiempo… mi cuerpo soportaría lo justo y necesario hasta retornar a la humedad misionera que no extrañaba -lo único que no extrañé, debo confesar-. Me preocupaba el exceso de equipaje, pero ya estaba allí… no lo sabría hasta despachar. No sabría decir cuántas veces reacomodé las cosas y cerré la valija. Fueron varias. Me agoté. Sólo restaba dormir.

Check in: martes 28 de julio, 7am en Madrid. Despierto, me doy una ducha, desayuno y salgo a fumar. Debíamos presentarnos con una antelación de cinco horas a registrarnos. Mi instinto no me falló en llegar hora y media más tarde. Me tomé mi tiempo. Aún no habían abierto ni los controles sanitarios ni la ventanilla.
Barajas era un escenario inaudito. Con un tránsito masivo cualquier día de la semana, ahora apenas circulaban personas dentro de las terminales -y en la ciudad-. Desolado… pensé si la nueva normalidad sería ésta en los no lugares de Augé, y claro que en mi imaginación se figuraron obras de inmediato, pero dejé las fotos en la memoria. Ya las retomaría junto a los grabados del imperio caído que en casa me esperaban, como las huellas profundas de otro país del viejo mundo de hace seis años atrás, sin pandemia, sin confinamientos, sin controles de esta clase.

9:45 am: Comenzamos la fila y, sin la necesidad de contarnos, rápidamente entendí que no llegábamos a 80 quienes nos repatriábamos vía AE hacia Buenos Aires. Sin escalas. Sin contacto. Sin certezas. Arrojados a volver. La ansiedad se verificaba en cada rostro.
No sé si fue la valeriana o las ganas de volver, pero yo mantenía la calma. Algo me decía que ahora era cuándo… ahora era el tiempo de volver. Había tenido demasiada suerte en conseguir este nuevo vuelo a dos semanas de volver vía Brasil, lo que me hubiese dejado varada en São Paulo, y esa no era una opción viable para mí. Esta vez, la suerte me acompañaba.

10:30hs, ventanilla: ¡Siguiente! Ya sabía que iba con exceso de equipaje, pero en este viaje me limité a la valija grande, la de cabina, mochila y cartera… Teniendo en cuenta que luego me tocaría cargarlas a mí. Preparada para pagar el exceso de la grande, me dice amablemente la chica que me atendió: “Sra., no paga exceso de equipaje en los vuelos de repatriación”. “¡¡¡Genial!!! ¿Por qué no nos avisaron antes? Jajaja”, fue mi respuesta, obvio. Chocha. Una buena. Seguía de suerte. Éste era el viaje sin dudas. Me quedaban unas horas. Salgo a fumar. Regresé pasada las 11am y emprendo el trajín de pasar todos y cada uno de los controles adentro… Pensé que me llevaría más tiempo, teniendo en cuenta que tuve que tomar el mini subte para trasladarme a la terminal correcta, pero una señora húngara me acompañó. Siempre concebí los grandes aeropuertos como mini ciudades en las que hay que tomar buses, trenes o subtes para finalmente orientarse a cada destino. Vacío. Así se presentaba el transporte que nos llevaría a la señora y a mí hacia la terminal S. Cuatro vagones para dos personas. ¿Impensado? Sí, pero bastante real en épocas actuales.

13:00hs Madrid: Despegue. ¡Por fin! La nariz empezaba a molestarse. El roce con la mascarilla se empezaba a sentir. Nariz paspada. Ahogo. Las orejas resentían las tiras. Percibir la nariz y orejas como nunca antes lo habíamos hecho… el cuerpo nos habla. Solemos escucharlo solamente cuando nos grita, irónicamente. Porque una cosa es colocarse el barbijo para salir a hacer las compras un rato, pero otra bastante diferente, es llevarla 24 horas… Pensé en los trabajadores esenciales y sobre todo en los de sanidad. Pensé en mi roommate Elena -enfermera y estudiante de medicina- que dos días antes había vuelto del hospital enojada con la gente que iba por la calle sin usarla o hacerlo de manera errónea, cuando ella llevaba casi 14 horas con la misma puesta. La entendí, como también comprendí su enfado por la falta de responsabilidad ciudadana. El panorama no estaba mejorando, ni allá ni acá.

Dormí. Rizalina -mi otra roommate-, antes de partir, me había hecho el mejor regalo. La almohada para el cuello y el antifaz fueron mis mejores aliados en las once horas que tenía por delante. Éramos tan pocos que cada hilera de 9 asientos nos permitía a cada uno/a acostarnos en tres y descansar. Las pocas ventajas de viajar en pandemia y como repatriados/as. Eso, y que el baño esté casi siempre libre.
Las horas, literalmente, volaron. Entre la vigilia y la ansiedad, el descanso era simbólico en todes… pero de ese modo nos ahorrábamos ver esas películas hartas vistas disponibles en las pequeñas pantallas. Mega podrida que ver pequeñas pantallas… el antifaz fue el mejor aliado, lo ratifico. Estúpidamente puse los libros en la valija…¡¿en qué estaba pensando?! Nota mental: la próxima, si o sí uno en la cartera.

Arribo: 20:30hs. Hora local, Ezeiza. Estaba en mi país. Mi cuerpo experimentaba euforia, aunque lo disimulaba muy bien. Probablemente efectos del té de valeriana, ese sí siempre a mano y en la cartera. Seguimos la fila cuán hormigas dispuestas a continuar el rastro de la anterior en una corrección. Ya había retirado mis valijas y me había sacado de encima a un plomazo que no paraba de describirme el proceso del PCR -como si me importara-, y me disponía a enfilar hacia aduanas…
Otra vez tuve suerte: “Sra., Ud., pase por acá”, era la cola para no declarar nada. Y yo, cuan obediente ciudadana le contesté: “Bueno”. Seguí… “Welcome a la Argentina”, me dijo la chica que selló mi pasaporte con fecha de entrada al país el 28 de JUNIO de 2020. “Ah mirá, llegué un mes antes”, pensé, pero no le dije nada… me fui. De todos modos, en breve se vencerá y deberé pedir uno nuevo. Ya fue.

Antes de la salida del aeropuerto, en un mostrador al efecto, nos esperaban Migraciones y personal del Ministerio de Transporte de la Nación. Un chico muy amable nos explica la situación posible. Una vez que registraban a todos/as aquellos/as que nos dirigíamos hacia el interior del país, nos indicarían cómo proceder. Ante mis sospechas, efectivamente nos trasladaban a un hotel para que lleguen nuevos vuelos y se junte un bus hacia las zonas de cada unx. Éramos cuatro de Misiones, tres de Mar del Plata, uno de Comodoro Rivadavia, y dos más que desconozco hacia dónde iban, creo que a Neuquén. Sabíamos que debíamos esperar allí hasta que nos avisen nuestros traslados. Lxs cordobeses tuvieron más suerte. Así como llegaron, lxs mandaron a su provincia. Culiados, diría mi amigo M.

El hotel. Otro no lugar. Martes 28 de julio, 23hs Bs As. Ubicado en San Telmo, CABA, desconozco por qué allá y no en provincia, cerca de Ezeiza, aunque nada mal reconozco. Cumpliendo todos los protocolos, no podíamos salir de las habitaciones -teníamos guardia en la puerta del ascensor-, nos dieron desayuno, almuerzo y cena cada día. Nos dejaban la comida en una silla afuera de la habitación y nos golpeaban las puertas para avisarnos. Fueron muy amables al llegar, nos tomaron la temperatura, registraron nuestros formularios de repatriación y nos asignaron a cada unx una habitación privada con calefacción, baño, televisión y wi fi. Se podía pedir delivery y pagar por medios electrónicos. Les chiques de la recepción nos acercaban las compras. Nada mal. Mientras esperábamos, con el vecino que se iba a C. Rivadavia, charlábamos en nuestras respectivas ventanas, tratando de calmar las ansiedades.

Cada noche se escuchaba que sonaba algún teléfono de alguna habitación. A cualquier hora. Eso indicaba que te ibas. Que había un bus que te tocaba. Mi teléfono sonó recién el viernes 31, a las 6:40 am.: “Sra. Darnet?”, preguntó una voz femenina. “Sí”, dije dormida. “En media hora sale un colectivo hacia Misiones, ¿podría alistarse?”. “Sí, claro”, respondí. Me levanté, cerré las valijas (de nuevo). Metí en la cartera las frutas que había comprado por delivery la tarde anterior y agarré la botellita de agua que me había quedado de la cena. Vuelve a sonar el teléfono: “Sra. Darnet. Aguarde en su habitación. Va a subir mi compañero a golpearles la puerta cuando puedan bajar”, de nuevo la misma voz femenina. “Ok”, contesté y colgué. Abro la ventana y miro hacia abajo -estábamos en el sexto piso-. Había tres buses en marcha. Mi vecino me chifla y me dice, “conseguí cigarrillos de la señora de la comida”, me ofrece uno y se lo agradezco. Me lo fumaré al salir, pienso. Él debía aguardar hasta el 2 de agosto para emprender su regreso. Le quedaban aún tres noches allí. Aunque desconocía los destinos de los otros buses, sabía que uno me llevaría al mío. Me emocioné.

Golpean la puerta. Es hora de bajar. Miro por última vez la Av. Paseo Colón desde la ventana. Chau Buenos Aires, -pensé- quién sabe cuándo te volveré a ver. En la recepción nos espera otro equipo de sanidad que nos toma la temperatura -la mía bajaba cada vez más, por suerte- y nos hacen firmar el formulario para dejar registro que habíamos estado xx noches en el hotel. Lo firmo, estuve tres. Agradezco al personal y salgo. Encuentro de nuevo al amable chico del Ministerio de Transporte. Me indica cuál es mi colectivo. Nos deseamos suerte ambos y enfilo al bus. La emoción crecía, pero sabía contenerla… volvía al patio, al tan anhelado patio de casa.

Afuera, los choferes fumaban. Pregunté si yo también podía. Obviamente que sí. Ya había un recién llegado del vuelo de AA a las 3am haciéndolo. El bus estaba lleno de santafesinxs, correntinxs y misionerxs. Ya sospechaba la odisea que se nos avecinaba… no estoy segura de que quienes habían llegado esa madrugada lo sospecharan. Me mentalicé y me armé de paciencia… este viaje sería largo y tedioso. Había que manejar la ansiedad, como sea. Ya asomaba en mi cabeza una crónica futura.

(Continuará…)

 

Val, una misionera exiliada temporalmente en España, intentando volver al patio…

Agridulce pintura allenesca

Alguna vez Tarantino nombró, en un decálogo sobre las películas que a su criterio fueron las más importantes desde 1992, Anything Else de Woody Allen. El filme se estrenó en ese periodo de la obra de Allen en que sus propuestas apenas suponían unas pocas semanas en cartel, en salas periféricas de New York. Momento especifico en que sus frustraciones de taquilla lo llevaron a proyectar ese exitoso desembarco europeo, cuya cumbre fue Midnight in Paris (reseñada en la edición #1).

De los muchos aciertos que esta agridulce comedia dramática ofrece, se destacan la constelación de personajes sobre la que se estructura, con las correspondientes actuaciones que le dan forma. Sorprende en el paso del tiempo, la frescura y complejidad de las interpretaciones de Cristina Ricci y Jason Biggs, máxime si evaluamos los recorridos cinematográficos posteriores en sus carreras. El propio Allen, en un momento intermedio entre su madurez actoral de los ochenta y su posterior repliegue tras las cámaras, deslumbra con un personaje que genera cierto equilibrio en esa densa red de personalidades que agobian al escritor Falk (hay una alusión clara a Faulkner pero también es el típico personaje de esos que siempre se consideró, oficiaban de alter ego del director). En el extremo está Danny de Vito gracioso y sólido a la vez en un rol para nada sencillo.

La película, centrada en la angustia de un personaje ante el declive de su pareja, aprovecha para ofrecer retazos de ciudad que no solo remiten a ese homenaje constante que Allen le hace a New York, sino al concepto de lo urbano en general. La vida en la ciudad, sus escenarios y las personas que la habitan, quienes, conforme avanza el relato, terminan siendo el impulso salvador del neurótico que encabeza la cinta.

Por otro lado, la textura y los colores que vemos todo el tiempo, parecieran sugerir algo que está en buena parte de la filmografía Allenesca: los sinsabores, aún en el mejor de los escenarios. Ahí radica parte de su mensaje contracultural, así como los clichés sobre el psicoanálisis exhiben su lado más discutible.

Carlos Torres Moraes es Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Redactor en ANCCOM (UBA) y Crónicas de Misiones.

Ficha técnica
Título original: Anything Else (Traducida como La vida y todo lo demás)
Dirección: Woody Allen
Año: 2003
País: Estados Unidos
Duración: 108 minutos
Reparto: Christina Ricci, Jason Biggs, Woody Allen, Danny DeVito y Stockard
Channing, Jimmy Fallon.
Dirección de Fotografía: Darius Khondji
Link: https://www.youtube.com/watch?v=wIAuRc7TrrM