Trincheras

La tierra en el pueblo, me refiero al suelo, es caliente, como si estuviera enchufada. Pero como en Trincheras no hay electricidad eso es imposible. Todos los habitantes de la región deberían conocer este lugar, sin embargo la mayoría no lo ha escuchado nombrar tan siquiera. Qué pena, porque es realmente lindo aquí. No sé bien adónde reside su encanto, en su gente no, calculo. El calor malhumora a las personas y aquí hace calor todo el año. Como no hay luz eléctrica no es fácil habitar mi pueblo. Los malos modales son la regla, tanto así que las personas no se hablan entre sí. Y no me refiero solamente a los vecinos, eso sería entendible ya que el primer vecino vive en el pueblo de al lado, sino que en todas las familias –la mía- del pueblo nadie se dirige la palabra, ni ante la más ineludible necesidad de que una advertencia sea dada. Es por eso que los accidentes abundan, no hay quien le avise a uno.
Mi papá, por ejemplo, es el intendente. Todo indicaría que él debiera haber sido un hombre sociable para poder ejercer la diplomacia que un cargo ejecutivo requiere. Muy por el contrario, yo ni siquiera le conozco la voz.
Hermanos no tengo, hermanas tampoco, así que me acostumbré a andar solo desde chiquito. No me molesta el silencio. Lo que sí, no puedo tolerar los malos modales. Alguien tiene que hacer algo para educar a este pueblo. Por suerte, no me cruzo con nadie.
Parece que antes era distinto: había luz eléctrica y la gente se podía refrescar frente a los ventiladores, así que también tenía mejor humor. Los vecinos se juntaban los domingos después de la iglesia, los hombres jugaban a las cartas y las mujeres tomaban mate mientras los chicos remontaban barriletes en donde ahora sólo hay yuyales. Pero, desde que la esposa del intendente le clavó un cuchillo en la pierna que lo mató del desangre y salió corriendo por la entrada del pueblo hacia no sé dónde, todo cambió aquí en Trincheras. Ya no hubo quien se ocupara de la luz y la terminaron cortando. Para más, la gente que no se murió de calor comenzó a creerse que había una maldición de quién sabe qué calaña -era una población muy ignorante- y se fue, temerosa, de Trincheras. Yo, gracias a Dios, no recuerdo esa época, así que no sé si era mejor o peor que ahora. Salvo por los malos modales, a mí me gusta así.
No sufro para nada. Se ve que la leche de la perra de la casa del intendente -la mía- me hizo fuerte. Debo reconocer que se portaron bien conmigo en esa familia. Sobre todo mi padre. Buena persona el intendente que me convidó sus gusanos para que no me muriera de hambre. No sé cuánto hará de eso, yo era una criatura. De lo que sí estoy seguro, y un poco me apena porque no me gustan los malos modales, es que sigo sin conocerle la voz.
Pablo Bueno estudió Comunicación Social en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Actualmente trabaja como redactor.
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