Tras la espesura

El monte con sus entramados, sus luces, sus sombras, sus sonidos, sus silencios, se abre ante los ojos de quien lo mira para descubrirse impenetrable. El monte se abre para volver a cerrarse y proteger/ocultar aquello que late dentro de sus entrañas.

La selva envuelve, me envuelve… no se trata de un movimien- to voluntario, es algo involuntario, no puedo huir, ustedes no pueden huir y, sin embargo, pronto nos devuelve para volver a cerrarse, dejarnos afuera, al amparo del recuerdo de que ya perdimos el derecho de ser parte de él.

El contexto modifica al ser… el contexto me modificó, modificó mi hacer y lo hizo para siempre, no puedo huir, ya no.

De aquellos días en los que el monte húmedo me traga y se instala en mis entrañas, de aquellos días en los que no soy yo, en los que soy solo espesura, me traigo fragmentos a este lado, al lado de los que estamos afuera, de los que ya no pertenece- mos, al lado de los sonidos roncos y las voces desafinadas, me traigo algo tibio y húmedo, algo que late y me recuerda ese vínculo ancestral, me lo traigo con el deber de cuidarlo, de cultivarlo y sobre todo mostrarlo para evitar que se pierda para siempre.

Del monstruo, aquel que más allá de la forma o la apariencia, guarda en su ser interno un develamiento de aquello que se oculta, de él tomo y me apropio de su concepto: mostrar lo que no es visible.

El monte es en sí un ente misterioso, que calla, que guarda, que oculta en sus entrañas a un universo prácticamente inaccesible. Más allá de las apariencias, de aquello que vemos al paso, aquel que mira con atención y detenimiento descubrirá lo que guarda.

El monte oculta, yo -como creadora de monstruos-, revelo. Aquellas criaturas habitando el paisaje, que me encuentro cuando escudriño el verde y rojo de la selva, en esta ocasión son descubiertas, develadas, mostradas.

Los Selvandantes son aquellas criaturas mágicas que tienen la capacidad de hacer crecer sobre ellos fragmentos de la majestuosa selva. Son andantes porque, como toda criatura deben moverse para no fosilizarse. Ellos son la perpetuación de fauna y flora, criaturas que enlazan en su composición a la selva en sí misma, como hábitat y como representación de biodiversidad.

Hay quienes dicen que cada vez queda menos selva porque estas criaturas son una farsa y en realidad, se la roban, pero es mentira. Ellos son entes de fantasía, porque el mismo contexto real los obliga a ser eso, ya que la selva se extingue y degrada cada segundo, se pierde y ellos vienen a recoger ese recuerdo, lo toman y lo preservan para que no se extinga jamás.

Casi como una obligación, un designio divino, concreto esta exposición en la que aquellos portentos tristes, temerosos, desalmado, a veces incluso esperanzados e ilusionados pero siempre con el velo de la incertidumbre, aquellos seres que solo habitan del otro lado y que por designio de aquella selva impenetrable se me fueron mostrados para que habiten este lado, para que puedan salir y contar aquello que ocurre tras la espesura.

ROCIO MIKULIC es estudiante en etapa de Tesis de la Lic. en Artes Pláticas por la FayD. Artista Visual e ilustradora. Reside en Puerto Iguazú.

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