#25, MISCELÁNEAS / Jun, 2017

Época (Fragmento)

–no se hizo nada esta semana- decía papá.

Dentro de su rancho, buena tenía contra una de las paredes un montículo de botellas vacías apiladas de “caña pica palos” y de “caña pajarito”.

Un domingo, había caído buena en el patio de casa por media mañana, habló con mi viejo y luego volvió al rancho que le quedaba entre unos cien metros desde nuestra casa. Yo me acerqué a papá y le pregunte:      

-¿Qué quería?-

Pues sonaba extraño que apareciese un domingo por casa. Mi viejo, con rostro gracioso, dijo:

– y…, chupó mucho anoche y se olvidó que hoy era domingo, quería trabajar-.

También por costumbre, en casa los fines de semana no se trabajaba en los trabajos que si se hacían de lunes a viernes en la chacra, se estaba más para actividades caseras lo que implicaba también al peón, eso de quedarse en su rancho.

-¿y vo que le dijiste?- le pregunte yo a papá.

–y, le mande otra vez a dormir, que hoy era domingo- respondió riendo.

Mi viejo puso restricciones, no le dio un austral más y se encargó él mismo de comprarle un kilo de harina, un kilo de yerba, medio kilo de sal fina, carne o puchero, un kilo de fideos, un kilo de arroz, un kilo de azúcar, un kilo de grasa, un litro de aceite de girasol entre tal vez otras cosas. Y así, cada vez que papá iba a la ciudad para hacer la compra familiar nuestra, o para la semana o para el mes, le preguntaba a buena:

-¿Qué te hace falta?-

Y aquel, que más parecía a un oso despertándose que asomaba su hocico desde su madriguera hacia afuera, con una esperanza en su rostro a como que si mi viejo le iba a comprar toda la ciudad, y en un lenguaje ablandado le respondía:

-arró, fideo…-

A veces interrumpía mi viejo: -¿yerba, tenés?-

-ese sí, ese tengo-.

-¿grasa?-

-ese tengo un poco toavía-

-taáco me hace falta-

De saber que el tabaco era lo que más consumía y le duraba poco tiempo. También encendedor o fósforos le compraba mi viejo cuando buena se lo pedía. En realidad mi viejo también fumaba, de modo que se combinaban, compraba tanto el tabaco para él como para buena. Compraba un tabaco picado que venía en un paquete, marca “cuatro leguas” escrito en letras Bauhaus blancas sobre fondo morado y en letras amarillas especificado “tabaco rubio – corte fino para armar – peso neto  50 g.- Industria Argentina – Avda Roque Pérez 391 – Posadas (Misiones)-; o también el paquete marca “Richmond” , de “corte fino” detallado en “tabaco especial seleccionado”, escrito sobre un óvalo azul también de 50 gramos con la advertencia  “variable por factores ambientales”; de bandas oblicuas blancas y rojas, ambos paquetes particularizaban una imagen con tres hojas de tabaco. También aparecían otros paquetes de un morado oscuro y otro verde oscuro. A mí me encantaba el aroma de esos tabacos picados en paquete, sumamente agradable en su estado crudo, es decir, sin haber sido usado. En un tiempo entré a coleccionar los paquetes de color morado y verde oscuros pues me gustaban mucho. Para armar sus cigarrillos también debían proveerse de papelillos para envolver el tabaco que luego era pegado humedeciendo un lado del papelillo con saliva desde la lengua para luego encenderlos y fumarlos. Papá compraba papelillos marca “el ombú”, escrito en caracteres grandes y mayúsculas tipo Bauhaus de color verde medio, sobre una banda horizontal en blanco acompañado por la imagen de un árbol de ombú en verde y negro, ocupando gran espacio del paquetito que se podía esconder en una sola mano. El pequeño paquete hacía ver una inscripción que decía “papel engomado”, a veces con la sugerencia de $ 0.50. A falta de papelillos, usaban chalas recortadas a tamaño de los papelillos, y a falta de chala, usaban hojas secas de bananas recortadas.

Marcelo Javier Wójtowicz es estudiante avanzado de Prof. y Lic. en Artes Plásticas. FAyD, UNaM.

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