Los modernos de siempre

El análisis de un objeto de arte, al igual que lo que acontece en nuestro entorno, es un recorte,  hecho por nosotros, a partir de nuestra propia historia, y desde nuestros recorridos anteriores; somos totalmente inconscientes ante los hechos que se nos están mostrando, y a su vez, éstos nos permiten ver lo que está aconteciendo. Por costumbre, tenemos la capacidad para poder volver a ver desde otro lugar. Ese extrañamiento de lo cotidiano, hace que pongamos en juego nuestra capacidad creativa para poder mantener activa la capacidad pensante, y es por ello que podemos hacer múltiples lecturas de los textos que se nos muestran en rededor. De ahí es que se hable de recortes de la realidad o determinados análisis de lo que acontece como texto.

Este modo de análisis de lo que acontece como texto -de la década del 70-, responde a estos cambios de ver, a buscar otros modos de analizar; y en esa búsqueda, se plantea un examen a partir de estructuras complejas y sistémicas, o sea, al decir de Calabrese, se sustituye el análisis minucioso e improductivo de ver unidades mínimas, pequeñas, hacia lo más grande, las configuraciones. Se invierte el análisis, comenzando de lo más grande a lo más pequeño, recuperando la historicidad de los códigos porque “un texto siempre es texto-en-la-historia”

Manteniendo la idea de Texto-en-la-historia, planteamos una comparación entre la idea de espacio en el comienzo de la modernidad y la idea de espacio en el fin de la modernidad.

Según la línea de pensamiento de Francastel y Argan, el renacimiento que se inicia con el quatrocento italiano, fue una tímida revolución en el concepto de espacio, esgrimida por Bruneleschi, Massacio, Uccello, y otros teóricos y matemáticos como Alberti. O sea, la idea de revolución, no fue tal; este grupo comenzó a trabajar las ideas que se preanunciaron en el siglo XII de que el espacio era cuantificable, medible, experimentable, pero estas investigaciones se mantuvieron en el grupo, con algunas apariciones en algunas obras de los artistas mencionados.

En el comienzo de la modernidad, la necesidad de racionalizar y poner en práctica los principios de la geometría euclidiana se correspondían con los desafíos que presentaban las estructuras arquitectónicas, que no solo mantenían el volumen monumental del gótico sino que, además, se interrelacionaban con el entorno, intervenían y determinaban el espacio urbano. Al igual que lo que Bruneleschi se plantea a fines de la modernidad, en los años ´60 del siglo XX, un movimiento con diversas expresiones denominado Land Art, o arte ecológico -como lo denominan algunos de sus representantes-, también se remite totalmente al espacio, pero esta vez es el espacio natural. En el renacimiento el espacio se abre, se adentra en el océano y se ensancha, -donde el hombre, como ingenio científico, se adueña del espacio público para demostrar sus destrezas-. En el siglo XX, el espacio se vuelve a ensanchar, pero hacia el espacio exterior, el universo. Cambian nuevamente las medidas, y se pierde la noción del tamaño. Y el hombre, como científico, reinterpreta su naturaleza.

De la misma manera Bruneleschi concibió la plaza de San Pedro como un espacio razonado para generar una nueva manera de experimentar el espacio; el artista del land art asume que el énfasis no recae tanto en el objeto artístico que resulta de la acción, sino en el proceso del hacer, así como en las relaciones que se producen entre la obra y el sujeto que lo expresa. Esto quiere decir que los modos de ver, los recortes del cotidiano, se parecen, quizás, tal vez, porque no dejamos de ser los modernos de siempre.

 

Cecilia García es Mgter. en Educación por el Arte. Docente FAyD.

Link: https://www.mnn.com/lifestyle/arts-culture/blogs/the-ever-so-fleeting-land-art-of-sylvain-meyer

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