TELEVISIÓN LEEEEEEEEENTA

Un interesante y llamativo fenómeno está ocurriendo en Noruega donde triunfa la televisión lenta. Llamada “Slow TV” no cesa de congregar la atención de miles de espectadores que dedican su tiempo a mirar extensas sesiones de registro audiovisual donde todo transcurre con total normalidad. Son bloques extensos de varias horas de duración donde aparentemente no pasa nada. Allí se puede ver a una persona tejiendo un abrigo, puede verse el recorrido de un tren entre un destino y otro, horas de pesca del salmón sin más intervención que la nada misma en términos televisivos. Todo parece indicar que tantas décadas de intenso bombardeo desde la pantalla con luchas feroces por el “rating” han decantado en esto, en el hartazgo del espectador por seguir consumiendo esas cruentas batallas donde no gana el que más sabe sino el que muestra los extremos de manera más directa y desde donde los productores no dudarán un instante en hacernos ver hechos resonantes, con escenas violentas de todo tipo, por supuesto con la cuota de morbo presente, donde no faltará el componente sexual y las referencias escatológicas. Presenciamos una TV totalmente errática y veloz que ya casi no pre-produce y que pone a un coro de panelistas a discutir retazos audiovisuales que toman de los noticieros, de las redes sociales y de otros programas, todo, para reproducir un contenido de dudosa calidad para terminar construyendo un espectador alienado quien, entre otras cosas, tiene para incorporar a su día cosas importantes como descubrir al fin quién es el amante de la nieta de fulana, en qué hotel pasaron la noche la cantante y el político, cuántos goles erró mengano y cuál es la fortuna de los herederos de Empresa Pirulo.

Para tratar de entender el fenómeno, deberíamos remitirnos a los inicios de la fotografía y su derivación en el formato-cine para desembocar en la caja-tv para ir reconstruyendo tramo a tramo bastante de gloria pero con mucho de fracaso. ¿Con la Slow TV, podríamos decir que hemos regresado al origen? Tal vez. Antes de la aparición de la fotografía lo que teníamos a nuestro alrededor debía ser registrado en nuestro sistema neuronal y luego sería recordado por años para mantener viva aquella escena y si eso no alcanzaba supimos como humanidad recurrir a garabatos, pinturas rupestres ¿se acuerdan? grabados y más pinturas que nos permitieron registrar batallas, retratos, escenas de la vida cotidiana y claro está, en esa vivencia analógica del presente todo era muy lento.

Tuvieron que pasar todos estos años, desde 1826 (inicio de la fotografía) a la fecha para que recorramos un camino de total vértigo visual donde ningún contenido fue suficiente, donde fue necesario más y más del látigo visual que golpee nuestros sentidos para que permanezcamos frente a la pantalla minuto a minuto. Esa arritmia de pulsos, estallidos de colores y sonidos machacando nuestros sentidos termina dejándonos de pronto, humanizados y simples frente a la televisión lenta de los noruegos, que nos detiene finalmente ante nosotros mismos, ante nuestras historias mayores y menores, ante humildes relatos de la vida diaria, mostrando nuestras experiencias mundanas, nuestras rutinas, para constituir el escenario real desde donde aprender otra vez y reconocernos. Tal vez a través de esa televisión lenta podamos volver a encontrarnos observando nuestro alrededor, dedicándonos a registrar todo de otra manera. Tiempo quizá de mirar nuestro paisaje, ver cómo se hace la yerba al modo barbacuá, cómo se carpe un rozado, cómo se melan las colmenas, cómo se pesca con una latita y tanza el bagre amarillo desde la costa, cómo se cosecha el té, cómo se hace un reviro, cómo se recorren 5 kilómetros a pie para llegar a la escuela, cómo se prepara un buen mate, es decir, elaborar las condiciones para que volvamos a mirar con lentitud, sabiendo que ese universo “leeeeeento” que pasa ante nosotros no es otra cosa que nuestra propia vida moviéndose a la velocidad de la vida misma.

Jan Kislo es Artista Visual. Profesor y Licenciado en Artes Plásticas. Docente UNaM.

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