Crónica de una odisea pandémica re contra anunciada. Parte I

ADVERTENCIA AL/LA LECTOR/A: Esta crónica será tan larga como el viaje que describe y está basada en hechos reales. Aquí, la primera parte, la buena digamos.

Salida: lunes 27 de julio, 14:30hs hora pucelana.
14 días había esperado el momento de la partida. Nada me hacía tanta ilusión como volver a casa. Volver al patio, mi patio, mi rinconcito verde…. Lo que desconocía -ingenuamente- era que el tan anhelado regreso se extendería algo más de lo pensado.
Llegada a Madrid, T4 Aeropuerto Barajas, a las 17:20hs local, me disponía a pasar la noche en el hotel instalado en su primera planta. Sí, por suerte hay hotel dentro de la misma terminal, por una no tan modesta suma en dólares… Descansar, despedirme a mi manera, abandonar el país que me regaló once meses de distancia necesaria. Dejar mis mejores deseos para todes aquellxs amigues nuevxs que hice en el Máster y en Valladolid.
Quería fumar… uff que bardo… cada vez que salía del aeropuerto debía -para volver a entrar- presentar pasaporte y pasaje, más la llave del hotel. Los controles rigurosos se acompañaban del denso calor que afuera hacía. El verano se empezaba a notar en su punto más sofocante en España. Me iba a tiempo… mi cuerpo soportaría lo justo y necesario hasta retornar a la humedad misionera que no extrañaba -lo único que no extrañé, debo confesar-. Me preocupaba el exceso de equipaje, pero ya estaba allí… no lo sabría hasta despachar. No sabría decir cuántas veces reacomodé las cosas y cerré la valija. Fueron varias. Me agoté. Sólo restaba dormir.

Check in: martes 28 de julio, 7am en Madrid. Despierto, me doy una ducha, desayuno y salgo a fumar. Debíamos presentarnos con una antelación de cinco horas a registrarnos. Mi instinto no me falló en llegar hora y media más tarde. Me tomé mi tiempo. Aún no habían abierto ni los controles sanitarios ni la ventanilla.
Barajas era un escenario inaudito. Con un tránsito masivo cualquier día de la semana, ahora apenas circulaban personas dentro de las terminales -y en la ciudad-. Desolado… pensé si la nueva normalidad sería ésta en los no lugares de Augé, y claro que en mi imaginación se figuraron obras de inmediato, pero dejé las fotos en la memoria. Ya las retomaría junto a los grabados del imperio caído que en casa me esperaban, como las huellas profundas de otro país del viejo mundo de hace seis años atrás, sin pandemia, sin confinamientos, sin controles de esta clase.

9:45 am: Comenzamos la fila y, sin la necesidad de contarnos, rápidamente entendí que no llegábamos a 80 quienes nos repatriábamos vía AE hacia Buenos Aires. Sin escalas. Sin contacto. Sin certezas. Arrojados a volver. La ansiedad se verificaba en cada rostro.
No sé si fue la valeriana o las ganas de volver, pero yo mantenía la calma. Algo me decía que ahora era cuándo… ahora era el tiempo de volver. Había tenido demasiada suerte en conseguir este nuevo vuelo a dos semanas de volver vía Brasil, lo que me hubiese dejado varada en São Paulo, y esa no era una opción viable para mí. Esta vez, la suerte me acompañaba.

10:30hs, ventanilla: ¡Siguiente! Ya sabía que iba con exceso de equipaje, pero en este viaje me limité a la valija grande, la de cabina, mochila y cartera… Teniendo en cuenta que luego me tocaría cargarlas a mí. Preparada para pagar el exceso de la grande, me dice amablemente la chica que me atendió: “Sra., no paga exceso de equipaje en los vuelos de repatriación”. “¡¡¡Genial!!! ¿Por qué no nos avisaron antes? Jajaja”, fue mi respuesta, obvio. Chocha. Una buena. Seguía de suerte. Éste era el viaje sin dudas. Me quedaban unas horas. Salgo a fumar. Regresé pasada las 11am y emprendo el trajín de pasar todos y cada uno de los controles adentro… Pensé que me llevaría más tiempo, teniendo en cuenta que tuve que tomar el mini subte para trasladarme a la terminal correcta, pero una señora húngara me acompañó. Siempre concebí los grandes aeropuertos como mini ciudades en las que hay que tomar buses, trenes o subtes para finalmente orientarse a cada destino. Vacío. Así se presentaba el transporte que nos llevaría a la señora y a mí hacia la terminal S. Cuatro vagones para dos personas. ¿Impensado? Sí, pero bastante real en épocas actuales.

13:00hs Madrid: Despegue. ¡Por fin! La nariz empezaba a molestarse. El roce con la mascarilla se empezaba a sentir. Nariz paspada. Ahogo. Las orejas resentían las tiras. Percibir la nariz y orejas como nunca antes lo habíamos hecho… el cuerpo nos habla. Solemos escucharlo solamente cuando nos grita, irónicamente. Porque una cosa es colocarse el barbijo para salir a hacer las compras un rato, pero otra bastante diferente, es llevarla 24 horas… Pensé en los trabajadores esenciales y sobre todo en los de sanidad. Pensé en mi roommate Elena -enfermera y estudiante de medicina- que dos días antes había vuelto del hospital enojada con la gente que iba por la calle sin usarla o hacerlo de manera errónea, cuando ella llevaba casi 14 horas con la misma puesta. La entendí, como también comprendí su enfado por la falta de responsabilidad ciudadana. El panorama no estaba mejorando, ni allá ni acá.

Dormí. Rizalina -mi otra roommate-, antes de partir, me había hecho el mejor regalo. La almohada para el cuello y el antifaz fueron mis mejores aliados en las once horas que tenía por delante. Éramos tan pocos que cada hilera de 9 asientos nos permitía a cada uno/a acostarnos en tres y descansar. Las pocas ventajas de viajar en pandemia y como repatriados/as. Eso, y que el baño esté casi siempre libre.
Las horas, literalmente, volaron. Entre la vigilia y la ansiedad, el descanso era simbólico en todes… pero de ese modo nos ahorrábamos ver esas películas hartas vistas disponibles en las pequeñas pantallas. Mega podrida que ver pequeñas pantallas… el antifaz fue el mejor aliado, lo ratifico. Estúpidamente puse los libros en la valija…¡¿en qué estaba pensando?! Nota mental: la próxima, si o sí uno en la cartera.

Arribo: 20:30hs. Hora local, Ezeiza. Estaba en mi país. Mi cuerpo experimentaba euforia, aunque lo disimulaba muy bien. Probablemente efectos del té de valeriana, ese sí siempre a mano y en la cartera. Seguimos la fila cuán hormigas dispuestas a continuar el rastro de la anterior en una corrección. Ya había retirado mis valijas y me había sacado de encima a un plomazo que no paraba de describirme el proceso del PCR -como si me importara-, y me disponía a enfilar hacia aduanas…
Otra vez tuve suerte: “Sra., Ud., pase por acá”, era la cola para no declarar nada. Y yo, cuan obediente ciudadana le contesté: “Bueno”. Seguí… “Welcome a la Argentina”, me dijo la chica que selló mi pasaporte con fecha de entrada al país el 28 de JUNIO de 2020. “Ah mirá, llegué un mes antes”, pensé, pero no le dije nada… me fui. De todos modos, en breve se vencerá y deberé pedir uno nuevo. Ya fue.

Antes de la salida del aeropuerto, en un mostrador al efecto, nos esperaban Migraciones y personal del Ministerio de Transporte de la Nación. Un chico muy amable nos explica la situación posible. Una vez que registraban a todos/as aquellos/as que nos dirigíamos hacia el interior del país, nos indicarían cómo proceder. Ante mis sospechas, efectivamente nos trasladaban a un hotel para que lleguen nuevos vuelos y se junte un bus hacia las zonas de cada unx. Éramos cuatro de Misiones, tres de Mar del Plata, uno de Comodoro Rivadavia, y dos más que desconozco hacia dónde iban, creo que a Neuquén. Sabíamos que debíamos esperar allí hasta que nos avisen nuestros traslados. Lxs cordobeses tuvieron más suerte. Así como llegaron, lxs mandaron a su provincia. Culiados, diría mi amigo M.

El hotel. Otro no lugar. Martes 28 de julio, 23hs Bs As. Ubicado en San Telmo, CABA, desconozco por qué allá y no en provincia, cerca de Ezeiza, aunque nada mal reconozco. Cumpliendo todos los protocolos, no podíamos salir de las habitaciones -teníamos guardia en la puerta del ascensor-, nos dieron desayuno, almuerzo y cena cada día. Nos dejaban la comida en una silla afuera de la habitación y nos golpeaban las puertas para avisarnos. Fueron muy amables al llegar, nos tomaron la temperatura, registraron nuestros formularios de repatriación y nos asignaron a cada unx una habitación privada con calefacción, baño, televisión y wi fi. Se podía pedir delivery y pagar por medios electrónicos. Les chiques de la recepción nos acercaban las compras. Nada mal. Mientras esperábamos, con el vecino que se iba a C. Rivadavia, charlábamos en nuestras respectivas ventanas, tratando de calmar las ansiedades.

Cada noche se escuchaba que sonaba algún teléfono de alguna habitación. A cualquier hora. Eso indicaba que te ibas. Que había un bus que te tocaba. Mi teléfono sonó recién el viernes 31, a las 6:40 am.: “Sra. Darnet?”, preguntó una voz femenina. “Sí”, dije dormida. “En media hora sale un colectivo hacia Misiones, ¿podría alistarse?”. “Sí, claro”, respondí. Me levanté, cerré las valijas (de nuevo). Metí en la cartera las frutas que había comprado por delivery la tarde anterior y agarré la botellita de agua que me había quedado de la cena. Vuelve a sonar el teléfono: “Sra. Darnet. Aguarde en su habitación. Va a subir mi compañero a golpearles la puerta cuando puedan bajar”, de nuevo la misma voz femenina. “Ok”, contesté y colgué. Abro la ventana y miro hacia abajo -estábamos en el sexto piso-. Había tres buses en marcha. Mi vecino me chifla y me dice, “conseguí cigarrillos de la señora de la comida”, me ofrece uno y se lo agradezco. Me lo fumaré al salir, pienso. Él debía aguardar hasta el 2 de agosto para emprender su regreso. Le quedaban aún tres noches allí. Aunque desconocía los destinos de los otros buses, sabía que uno me llevaría al mío. Me emocioné.

Golpean la puerta. Es hora de bajar. Miro por última vez la Av. Paseo Colón desde la ventana. Chau Buenos Aires, -pensé- quién sabe cuándo te volveré a ver. En la recepción nos espera otro equipo de sanidad que nos toma la temperatura -la mía bajaba cada vez más, por suerte- y nos hacen firmar el formulario para dejar registro que habíamos estado xx noches en el hotel. Lo firmo, estuve tres. Agradezco al personal y salgo. Encuentro de nuevo al amable chico del Ministerio de Transporte. Me indica cuál es mi colectivo. Nos deseamos suerte ambos y enfilo al bus. La emoción crecía, pero sabía contenerla… volvía al patio, al tan anhelado patio de casa.

Afuera, los choferes fumaban. Pregunté si yo también podía. Obviamente que sí. Ya había un recién llegado del vuelo de AA a las 3am haciéndolo. El bus estaba lleno de santafesinxs, correntinxs y misionerxs. Ya sospechaba la odisea que se nos avecinaba… no estoy segura de que quienes habían llegado esa madrugada lo sospecharan. Me mentalicé y me armé de paciencia… este viaje sería largo y tedioso. Había que manejar la ansiedad, como sea. Ya asomaba en mi cabeza una crónica futura.

(Continuará…)

 

Val, una misionera exiliada temporalmente en España, intentando volver al patio…

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