Dos artistas y un “hábitat”

Por Valeria Darnet.

Vivir en Misiones, para quienes lo hacemos aquí, presenta obviedades que son imposibles de ignorar. Si la cultura es un molde simbólico necesario para la instalación de una vida, de una habitabilidad posible, que permita a un sujeto plural ser y estar, pensaba en dos referencias teóricas que, con diferentes conceptos, refieren a situaciones similares, aunque no exactamente idénticas, claro está. 

En primer lugar, nuestra pensadora de fronteras, la semióloga Ana Camblong, al presentarnos el dispositivo H (habitar – hábitos – hábitat), señala que nuestras relaciones humanas afectan y se ven afectadas por dichos elementos que no escapan al territorio en el cual se desarrollan,

Las incidencias territoriales de nuestros mundos semióticos conciernen a la instalación de la existencia de cada cuerpo, de cada vida en el espacio material y simbólico en sitios determinados, a sus recorridos y apropiaciones, a sus distribuciones y jerarquías. La dimensión espacial condensa sus sentidos plurales y polivalentes en el mero hecho de habitar y su devenir histórico configura ese “lugar” material, de características particulares, investido de significaciones valorativas, experienciales, afectivas y pasionales denominado “hábitat”. (…) El “hábitat” recibe y contiene el “habitar” en una dinámica de ida y vuelta, dado que será la instalación humana la que configure un “hábitat” determinado y viceversa. Lo material y lo simbólico integran una continuidad semiótica “habitacional” cuyas determinaciones y correlatos “habituales” se mueven al ritmo de los procesos históricos de cada grupo, de cada pueblo, de cada cultura. (Camblong, 2014: 13-14)

En segundo lugar, el filósofo Jean-Marc Besse, nos dice que la historia del arte, parafraseando a Gombrich, nos ha enseñado a ver el mundo a través de la ventana conocida como cuadro pictórico que era pintado por quién recibía las anécdotas de otros viajeros y construía, imaginaba, un paisaje. Pero, él considera que los seres humanos antes de ver los paisajes, los habitamos, y cita a John Brinckerhoff Jackson[1] para sostener que:

Ya no vemos [al paisaje] como separado de nuestra vida diaria, y de hecho creemos hoy en día que formar parte de un paisaje, buscar en él nuestra identidad, es una condición determinante de nuestro estar-en-el-mundo, en el sentido más solemne de la palabra. (Besse, 2010: p. 4) 

Este análisis de la geograficidad humana, donde la ontología heideggeriana tiene una fuerte impronta, trata de indicarnos que el paisaje es una construcción mental y cultural, que no existe en sí mismo si no es en relación con los sujetos que lo hacen real a partir de sus propias experiencias. “El paisaje nos habla de los hombres, de sus miradas y de sus valores, y no propiamente del mundo exterior.” (Besse, 2006: p. 147). Son ellos quienes le dan sentido al territorio que los cobija, porque el espacio geográfico debe ser vivenciado; es, ante todo, un espacio de situación “afectiva” que cada une debe atravesar. Son, en términos de Camblong, los habitantes quienes llevan a cabo una serie de hábitos que condicionan al propio hábitat en el interactuar cotidiano.

Entonces, si el paisaje/hábitat es un territorio producido, practicado y sentido por los hombres en sociedad/comunidad, no es extraño que Juan Pablo Gochez (Misiones) retome la tradicional postal local para mantenerla presente a lo lejos o que Manuel Molina (Córdoba) se haya apropiado literalmente del elemento “tierra roja” y trasladado a la capital del país para dejar el registro de su paso -y peso- en nuestro suelo.

Juan Pablo Gochez (1982, Apóstoles) artista misionero que actualmente -y tal vez temporalmente, no lo sabemos- habita suelo porteño, retoma el paisaje clásico misionero, la postal más conocida: el camino colorado, con el monte a sus costados, aquel monte en el cual se adentran animales que los cruzan y escapan de nosotros. Pero en esta resignificación del paisaje característico hay una apuesta que escapa a la lógica del género pictórico tradicional. 

Publicada en sus redes sociales[2], “Un nuevo camino” (2021) ilustra el conocido camino de tierra roja, dura, seca, agrietada, con las zonas del medio desgastada por el paso de los vehículos que lo transitan, y bordeada de monte con vegetación de verde intenso, muy propia del corredor paranaense, con algunos matices de diferentes ocres, se ubican en el tercio superior de la imagen, en ambas márgenes, encerrando el punto de fuga al cual el camino nos lleva. Ese rojo del camino es único en Misiones y llega hasta Santo Tomé, en la provincia de Corrientes. Es un rojo caramelo terroso -claramente- que se convierte en lava líquida con las lluvias torrenciales y vuelve a su estado resistente con el sol abundante que nos toca. Es nuestro propio rojo coca-cola, sólo que misionero.

El símil óleo aquí no está sobre la tela como soporte. Esa factura de cuadros viejos que se craquelan con el paso del tiempo, es el detalle de un óleo digital que el artista declara dibujo digital. Interesante per se que la mirada propia sea corrida de lo pictórico, tal vez justamente por las reminiscencias a la pintura tradicional que mencionábamos. Gochez logra, así, dar un giro a la postal tradicional cambiando el medio, y al hacerlo, la imagen digital funciona autónoma y abre posibilidades de reproducción que la toma fotográfica, a veces, no logra evidenciar, sobre todo en espacios como las redes sociales donde la calidad baja considerablemente. 

La decisión de volver a la escena harta conocida para nosotros, tiene tal vez que ver con su hábitat actual. Un acto de remembranza que selecciona, define y se convierte en presente enunciativo ante un paisaje ajeno, difícil, hostil. Ya no son el verde y nuestro rojo los colores predominantes en la paleta del día a día. Y es ese accionar, dice Camblong, implica que el habitante arrastre consigo la memoria semiótica situada de su espacio, la cual opera a través del lenguaje, y con él, las implicancias de sus traducciones semióticas, pues el lenguaje es extremadamente plástico y puede operar con los signos -más allá de los lingüísticos-, “involucrando extensas masas de significación y sentido.” (Camblong, 2014:16). 

Finalmente, el título nos indica nuevamente un cambio. Ya no sólo no estamos en presencia del típico cuadro al óleo -o acrílico- sobre el entorno en Misiones, sino que hay una novedad esperanzada en el nuevo transitar. Quizás la apuesta de Gochez no sólo involucre mantener la memoria de su origen, sino también atravesarlo desde otros paisajes no tan interpelantes de la misma manera como lo hizo aquel que lo vio crecer.

Por otro lado, un elemento que no podía faltar en el contexto de la instalación que Manuel Molina (Córdoba, 1988) preparó para representar “Todas las ideas con las que me he acostado”[3] -una exposición individual que contó con la curaduría de Cuauhtémoc Medina, Alejandra Aguada y Solana Molina Viamonte, en Móvil (CABA) del 1 de abril al 3 de junio de 2017-, fue la tierra colorada. Muchas de las piezas allí expuestas están relacionadas a su paso habitacional por esta provincia. La apuesta de toda la muestra es un acampe al revés: partir de la capital de monte hacia la capital federal. Llevar un pedacito de “ese lugar exuberante, radical, inhóspito”, según Molina, a la gran ciudad. 

Podríamos haber seleccionado la Familia Oberá (2016-2017), copia de la Familia Obrera de Oscar Bony, o El rojo marxista que tenemos (2016-17), copia de Santiago Krause. Sin embargo, “Crece la hierba” (2016) fue la indicada. Crece la hierba se compone de tierra roja de la terminal de Oberá montada en valija de inmigrante alemán de los años ´40. Copia de la obra de Chema Madoz[4], el traslado materialista -tal cual señala el artista como técnica en esta pieza-, se duplica al situarla en una vieja valija de cuero -de origen probablemente europeo- encontrada en Oberá, ciudad que tantas veces le remitió a la capital cordobesa por su estructura y pensamiento local.

Una valija llena de tierra: nuevamente una memoria semiótica anclada en la materialidad y el acto simbólico de sacarle tierra a la propia tierra donde une vive, dice Molina. A su vez, el peso que se evidencia en el montículo trasladado, se hace presente en su propio cuerpo de haber habitado la tierra colorada que le dio cobijo por unos años. El paisaje que invadió al artista en Misiones, repercutió su accionar y sentir cotidianos, pues: 

El agua, el aire, la luz, la tierra, antes de convertirse en objetos de la ciencia, son aspectos materiales del mundo, abiertos a los cinco sentidos, a la emoción, a una suerte de geografía afectiva que repercute sobre los poderes de impacto que tienen los lugares sobre la imaginación. El paisaje pertenecería primero al orden de la experiencia vivida, desde el plano de la sensibilidad. (Besse, 2010: p. 5).

La referencia “crece la hierba”, hace alusión a la obra de Hans Haacke en la cual se inspira originalmente, pero también nos da el dato de que en esa tierra que se observa árida a primera vista, nada es lo que parece. La intención estética del artista se centró en desplazar un montículo que no pertenece a la gran city, que le es ajeno, que está en tránsito. El rojo misionero, también estuvo allí.

La fenomenología del paisaje se da en estas producciones porque son los artistas quienes activan y ponen en juego cierto sentido del espacio, que es necesario que aparezca. Ellos producen el mecanismo de una experiencia anclada. Hay en el paisaje una espacialidad afectiva que se relaciona al hábitat. Habitar un espacio implica sentirlo, donde la vista no es el único sentido que entra en juego. Está claro que, para ambos, ese hábitat no fue exactamente el mismo, pero sus elementos paisajísticos los instaron sin dudas a resignificarlo e identificarlo como propio en cada vivencia. 

Tal vez, las ilusiones ópticas de textura y situación perceptiva a las que nos somete Gochez, son dadas en Molina no sólo a través de la mirada, sino también del tacto y del olfato. No obstante, en ambos casos, la activación memorial de geograficidad de la cual nos hacen parte, donde se despliega un aquí y allá cercanos -tensión constante entre una base y el horizonte incierto-, es lo que les (y nos) permite ser y estar

Valeria Darnet es Lic. en Artes Plásticas, Docente Investigadora (FAyD), Especialista en Producción de Textos Críticos y Difusión Mediática de las Artes (UNA), Máster en Economía de la Cultura y Gestión Cultural (Uva-España), y Doctoranda en Artes (UNA).

NOTAS

[1]-Historiador y teórico norteamericano(1909-1996) Fundador de la revista Landscape (1952)

[2]-Juan Pablo Gochez es Artista visual, Técnico Superior en Artes Visuales, Diseño y Comunicación (ISPARM) y se encuentra cursando la Maestría en Curaduría en Artes Visuales (UNTREF). Redes sociales: Instagram: @jpgartista – Facebook: https://www.facebook.com/juanpablo.gochez.9

[3]-La obra de Molina está muy marcada por la copia, la cita y la apropiación. El conjunto de piezas que hicieron a esta gran muestra en la Capital Federal, lo evidencian y son parte del proceso doctoral (Investigaciones adornianas) que acarreaba una profunda indagación sobre la Teoría Estética de Theodor Adorno. 

[4]-Manuel Molina es Artista visual, Licenciado en Artes Visuales (UNC), Doctor en Artes (UNC). Investigador Postdoctoral CONICET. Ver Investigaciones adornianas, en Constelación de Sagitariohttps://www.investigacionesadornianas.com/chema-madoz

Bibliografía.

  • BESSE, J. (2006). Las cinco puertas del paisaje. Ensayo de una cartografía de las problemáticas paisajeras contemporáneas En Maderuelo, Javier (dir.) (2006) Paisaje y Pensamiento. Madrid: Abada Editores.
  • BESSE, J. (2010) El espacio del paisaje. [Conferencia] III Jornadas del Doctorado en Geografía. Desafíos Teóricos y Compromiso Social en la Argentina de Hoy, La Plata, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata, 29 y 30 de septiembre de 2010. 
  • Camblong, A. (2014) Habitar las fronteras…Posadas: EdUNaM.

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