Reseñas en "ANONIMÆS"

Una sillita para la esposa de Trump

El pensamiento que uno tiene o puede llegar a tener como artista es siempre un derivado de sus propias necesidades, no obstante estas necesidades pueden pertenecer a dos órdenes puntuales: el de la vida, ya que sabemos que el acontecer de un artista no es lo que todos creen o imaginan, esto quiere decir, no es alguien que flota y vive de aromas para decirlo claramente. Y por otro, las necesidades que van en relación a producir o hacer, en este orden podemos decir que se precisa una lista extensa de componentes y elementos que la provincia aún no ha podido estructurar para poder dar vía a cuestiones de índole evolutivo, es decir, el conservadurismo en términos artísticos se ejerce desde las instituciones, como bien se ha hecho siempre, pero también aparece novedosamente un artista que NO pretende poner en discusión las condiciones y establishments institucionales, sino que más bien forma parte de ellos, los conduce y hasta defiende, todo esto sin inmutarse.

Mi intención no es entrar a debatir sobre aspectos que son conocidos por todos y que muchos hemos aprendido a “¿superar?” a lo largo del tiempo, sino que me interesaría poner la atención sobre ciertas responsabilidades que no se cumplen y sobre todas las cosas, son pagas.

En el ámbito nacional o desde el poder político se ha hecho y se hace mucho en los últimos años en materia de ayudas, subsidios, becas, etcétera; esto, por supuesto, no está mal ya que es obligación de cualquier gobierno bregar por la cultura, su continuidad y desarrollo. No obstante, al igual que pasa con los planes sociales, hay críticas, hay bronca y hay una contemplación ética o moral que no está presente, esto en cuanto a que no hay límites en los postulantes que, por otra parte, siempre son los mismos. No hay cláusulas para que el artista consagrado compita o no con el emergente, y no hay, por parte de los emergentes, una conducta de bondad en el decir “ya me dieron esto veinte veces, ¿voy a pedir otra vez?” Esto no es un llamado sobre las conciencias, solamente puntualizar determinados enojos que están pero no se ven y luego sorprenden cuando explotan. Ni vamos a nombrar a aquellos que han hecho la totalidad de sus carreras a partir de ayudas gubernamentales.

Otra de las grandes fallas – ya histórica -, es la falta de objetividad en cuanto a de qué manera se entiende la política cultural y de cómo la amistad juega un papel cancerígeno para la salud de la cultura, ¿será esta una forma de corrupción encubierta por la relación?… no lo sabemos. 

Acceder no es fácil cuando tu educación se ve en riesgo, cuando lo que te habían enseñado resulta que no sirve para una mierda. Entre esos duelos se encuentran nuestros valores, nuestros principios, aquellas cosas que fueron importantes pero que no logran cotizar, no garpan pero que son estructurales. De todos modos, es cierto que algunos eligen las formas deliberadas, trepar como sea posible al arbolito de la buena fortuna a través de estrategias de oportunismo. Saben sonreír y hacer los deberes. Otros hemos encontrado en la soledad el lugar preciso para nuestra resistencia basada en el amor y la pregunta, en la altivez de nuestra amargura: así es que aprendimos a no temblar.

 En cuanto a las responsabilidades, se torna muy difícil estar aclarando y diciendo que ciertas cosas no las tendrían que hacer los artistas, pero bien es sabido que hay una naturalización que hizo/hace que sean así. El esmero de cada uno siempre es más fuerte que estos puntos que no se cumplen. Bello sería que alguna vez podamos acceder a lo que haga falta sin perder la vida en ello, sin tener que humillar nuestra dignidad como humanos para que se produzca algún espacio donde ser respetados, es lo mínimo que se puede pedir en estas horas.

Tony Bordo

El automóvil-centrismo nuestro de cada día

Provoca impresión el número de automovilistas que parecen ignorar que su vehículo es solamente un transporte y que, sin dudas, es un privilegio tener un auto. Padecemos, en las ciudades más prósperas de Misiones, de un automóvil-centrismo  que indigna como mínimo. Me refiero a diversas situaciones que como peatones y/o vecinos debemos tolerar a diario. 

En las puertas de las escuelas, por ejemplo, es inexplicable la cantidad de automovilistas que desean estacionarse lo más cerca posible de la puerta de los establecimientos educativos y no tienen pruritos en aparcar en doble fila, esquinas e incluso entradas de garajes de casa particulares, con la certeza de que las balizas encendidas les confieren el indulto para entorpecer el tránsito y de poner en riesgo a los demás. Pocos somos -porque también soy automovilista- quienes consideramos que estacionar a 3, 4 o 5 cuadras y caminar hasta la escuela no representa ningún sacrificio. Pero la mayoría, si pudiera meter el coche hasta el patio de la escuela, frente al salón de clases de sus vástagos, lo haría con el poder otorgado a las balizas encendidas, vaya uno a saber por qué magia lumínica.

Otro caso es el uso de la bocina. Esa personita especial que llega a un lugar y para notificar la importancia de su presencia presiona el claxon -a veces con insistencia- para que le abran el portón de la casa, para que salgan a atenderle. En tiempos de WhatsApp es inexplicable, o en todo caso, la pregunta sería ¿tanto cuesta aguardar un momento a quien supuestamente nos está esperando, tanto cuesta bajar del vehículo y golpear la puerta, tocar el timbre o golpear las manos, según las viejas usanzas pueblerinas? ¿Tan especial es esa persona que no puede abrir por sí misma el portón de su propia casa que tiene que esperar que la servidumbre -generalmente esposa o hijos- lleve a cabo tan indigna tarea?

Por otro lado, en esta idiosincrasia automóvil-centrista se evidencia la desigualdad: el automovilista es un privilegiado al lado del peatón. El que va en coche, viaja sentado, a más velocidad que alguien a pie y suele tener aire acondicionado, sin mencionar que el propio vehículo constituye un resguardo. Sin embargo, en sendas peatonales, en esquinas y a temperaturas muchas veces insalubres, el peatón siente que debe ceder el paso al automovilista, apurarse si el semáforo le dio verde repentinamente al tránsito vehicular, de parar en la esquina porque un auto va a girar aun teniendo el propio caminante el derecho de paso según las leyes básicas del tránsito. No se entiende cómo puede un automovilista tener más prisa que un peatón que viaja más lento, a la intemperie y sin protección alguna.

También, el conductor experimentado suele olvidar que alguna vez fue un torpe principiante. Porque un principiante es torpe precisamente porque sabe que puede provocar un accidente, porque conduce con nervios de quien recién comienza a hacerlo, porque es consciente que no ha desarrollado aún los reflejos necesarios para maniobrar. Aun así, y aun viendo el cartel que delata al conductor en formación, lo suelen acribillar a bocinazos aumentando el nerviosismo, el miedo y las posibilidades de provocar un accidente en el conductor o conductora novel. Es incomprensible esta intolerancia, esta falta de solidaridad; pero, por otro lado, el conductor con experiencia no lo ve así, considera que tiene mucho más derechos que los demás, y cualquier entorpecimiento a sus deseos de circular a la velocidad que se le canta es una afrenta a la superioridad otorgado por el dios Ford.

Actitudes como éstas son cotidianas y se repiten porque hay personas dañinas y potencialmente peligrosas frente al volante, que están convencidas de su superioridad por sobre el resto de los mortales de a pie; porque no les entra en sus cabecitas disminuidas que viajan protegidos de la lluvia, el calor o el frío, que circulan más rápido que los demás. No, en sus mentes fantasmas pareciera que fantasean con que son parte de una realeza del volante cuya comodidad privilegiada debe extenderse incluso por fuera de sus corceles de metal y que no van a rebajarse a caminar unas cuadras si pueden estacionarse incorrectamente; que no van a bajarse del coche para abrir el portón de sus garajes si tiene una servidumbre que acudirá al llamado de la corneta que anuncia la llegada de su majestad motorizada (y si la servidumbre está ocupada y no acude inmediatamente, la bocina sonará todas las veces que sea necesario para que todo el barrio sepa que llegó su Alteza); que no van a tolerar la marcha cautelosa de principiantes o el cruce a “paso de hombre” de peatones indolentes para con los apuros reales del rey del rodado. 

Sinceramente, a estos seres de gasolina, les deseo que sus visitas al taller mecánico sean repetidas y permanentes.